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domingo, 14 de junio de 2015

TAC TAC TAC



Suicide (Shalax - Australia)  http://shalax.deviantart.com/



TAC TAC

El joven apostado en el extremo de un viejo puente peatonal pulsa ese artilugio que permite contar las personas que pasan.

TAC TAC TAC

Mientras ejecuta esa tarea piensa en los días que faltan para cobrar el sueldo de mierda por el que le han contratado.

TAC

Dos horas por la mañana y tres por la tarde, de lunes a viernes.

TAC TAC

Los sábados y los domingos multiplica por dos su horario. A la empresa le interesa especialmente la información de esos días.

TAC TAC TAC TAC

De repente, no lejos de él, ve a una chica encaramarse al pretil y quedar de pie sobre el mismo.

TAC TAC

Se mete el cuenta-personas en el bolsillo y se dirige hacia la muchacha. Le dice que baje o arruinará su conteo, el que lleva semanas realizando. La chica le contesta que se va a tirar al río porque un hijo de puta la ha dejado embarazada. Y qué más da, responde él, nadie merece morir por culpa de un hijo de puta; baja y te invito a un refresco. Pero ella rechaza la invitación, dice que está decidida, que su vida no vale un pimiento. Joder, piensa él, se quiere suicidar y utiliza la expresión “un pimiento”, no lo entiende, no le cuadra. Tu vida vale mucho más que un pimiento, que un campo de pimientos, que un gran país lleno de camiones hasta los topes de pimientos, incluso que un planeta repleto de latifundios dedicados a la explotación del pimiento, baja de ahí, hazme caso.

La gente, curiosa, se va apiñando alrededor de la escena pero mantiene cierta distancia respecto a la aspirante a suicida y a su interlocutor. A lo lejos se oye una sirena.

Si se lo digo a mis padres me matarán, insiste la niña. Nadie te matará, te lo aseguro. Baja, te ayudaré a arreglar las cosas. ¿Y cómo? ¿Quién te crees tú que eres? ¿Qué interés tienes en mi vida? ¿Crees que seguiré siendo el mismo después de hablar con alguien que se ha suicidado? ¿De veras puedes creerlo? ¿Piensas que ese niño que te mira desde el puente de enfrente seguirá siendo el mismo después de ver cómo una muchacha ha acabado con su vida? ¿Crees que tu familia y tus amigos no te echarán de menos? ¿Que tu muerte no dañará a nadie? ¿Vas a causar toda esa infelicidad por culpa de un maldito hijo de puta?

La chica se agacha hasta quedar sentada sobre el pretil. El chaval se sienta junto a ella.

¿Sabes que eres muy guapa? ¿Sabes que eres muy listo?

Le toma una mano y, mientras brotan lágrimas de sus preciosos ojos verdes, comienza a escucharse como música de fondo un interminable TAC TAC TAC TAC TAC...


jueves, 12 de marzo de 2015

Triunfador




Sé que te encanta presumir
Sobre todo delante mí
Bueno aquí me tienes
Suelta el maldito rollo
Por enésima y última vez
Repite que eres imprescindible
Que sin ti la compañía
Se iría al carajo
Cuenta que regresaste ayer de New York
Donde cenaste con el alcalde
Robert De Niro y varios peces gordos
Que has cambiado de cochazo
Me enseñas el último modelo de i-phone
Te han hecho una oferta fabulosa
Por tu precioso chalet con piscina
Que irás de crucero al Egeo
Que tus niños son guapísimos
Los primeros de su clase
En el colegio de pago más caro
Que el Picasso queda de lujo en el salón
Que mañana viajas a Tokio
A cerrar otro formidable negocio
Que dispones de un pastizal en acciones
Estás pensando en cambiar de criada
Quieres comprar un yate
Y tendrás una jubilación dorada

Aunque simule interés
Si crees que algo de toda esa mierda
Me importa lo más mínimo
Andas bastante equivocado
Siento que nuestra vieja amistad
Se liquidó hace tiempo
No entiendo cómo te soporto
Seguramente me das mucha pena
En el fondo eres un desgraciado
Que no se entera de nada
Deberías preguntarte
Por qué tu mujer
Acaba de vender el cuadro
Y está preparando las maletas
Para largarse con ese fracasado
Que alguna vez creíste
Que era tu mejor amigo
Ese que ahora se levanta y se va
Después de recordarte sonriendo
Que hoy te toca a ti
Pagar los whiskies.


jueves, 12 de junio de 2014

Su última visita




Foto de Patrick Blart - http://500px.com/Baudesign


Estuvo durante dos años viniendo casi todos los días a eso de la una. Con su portafolios bajo un brazo y colgando del otro su bolso, oscuro la mitad del año y en tonos pastel el otro medio. Le encantaba llevar botas y gabardina en invierno, vestidos floreados y sandalias cuando llegaba el buen tiempo. Es posible que no hubiese cumplido los cuarenta, pero no me atrevería a jurarlo, ya se sabe que una de las grandes virtudes en las mujeres es disimular su edad a toda costa, mientras calculan siempre con rigurosa exactitud la de sus conocidas. Se plantaba en mi cola aunque fuese más larga que la de Luis Galván, mi compañero, que no le invitaba a pasar por su mostrador al conocer esa preferencia a ser atendida por un servidor. Tan sorprendente favoritismo me confundía, pues Luis era infinitamente más apuesto y simpático, no en vano siempre le precedió una legendaria y bien ganada fama de conquistador. Durante los escasos cinco minutos en los que resolvía el papeleo que solía traer, nunca -a pesar de todas mis tretas de perro viejo próximo a la jubilación- soltó prenda respecto a su vida privada. Esquivaba con habilidad cualquier pregunta y cabeceaba alegre cuando le comentaba mis propios asuntos; sin mostrar indiferencia, jamás picó el anzuelo de la réplica. A menudo, la breve conversación se convertía en un monólogo del que escribe o un intercambio de insulsos comentarios sobre el tiempo o las últimas noticias. Pero todo eso no me importaba mientras siguiese trayendo, como marca de fábrica, esa sonrisa de ensueño instalada bajo sus hechizantes ojos negros.


La casualidad quiso que a los pocos días de interrumpir sus visitas diarias, me detectasen una incurable enfermedad degenerativa. La empresa tramitó mi solicitud de incapacidad laboral y me enviaron a casa. Ahora que mis piernas ya no responden y la conexión entre el cerebro y las cuerdas vocales también está dañada, me entretengo mirando por la ventana, sufriendo la televisión y escribiendo bobadas. Escribiendo, por ejemplo, que desde hace varios días la mujer del papeleo pasa invariablemente a eso de la una por la acera de enfrente y se queda observándome, sonriente, durante cinco eternos minutos. Escribiendo, por ejemplo, que está exactamente igual que hace ocho años, cuando la vi por última vez. Escribiendo, por ejemplo, que ya he alcanzado a comprender que no se trata de una simple mujer, que es la Muerte personificada y sonríe para transmitirme que muy pronto me rendirá su última visita.


sábado, 7 de junio de 2014

La tabla del tres


Foto de Mario Piriz


Tres por uno, tres

Hoy es tres de marzo, que también se dice tres, y la seño Bea nos ha puesto de deberes aprendernos esa tabla. Dice que cuando sepamos multiplicar seremos unos supermans y unas superwomans de los números, y que cuando crezcamos seremos capaces de hacer muchas cosas con ellos, como por ejemplo construir puentes o diseñar cohetes espaciales.

Tres por dos, seis

Martita me ha invitado a su fiesta de cumpleaños el viernes después de clase. Sergio dice que lo que pasa es que quiere ser mi novia. Martita va a cumplir ocho años y es guapa y simpática, aunque sus amigas son muy malas, siempre se están burlando de mí. Le regalaré un corazón de peluche y le diré al oído una poesía de amor. Seguro que se pone muy contenta.

Tres por tres, nueve

El sábado mamá estaba otra vez llorando en la cocina con los ojos manchados de negro. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que le dolía la cabeza. Pero yo creo que no le dolía porque no se tomó ninguna aspirina ni se acostó con las persianas bajadas. Mamá está muy triste desde que papá se fue. Ella dice que está trabajando en Alemania o por ahí.

Tres por cuatro, doce

Yo lo que quiero ser de mayor es bombero. A mí los puentes no me gustan y los cohetes espaciales tampoco. Me gustan los perros y si soy bombero podré salvar a muchos perros de edificios en llamas. Además, conduciré un camión rojo con una luz naranja y una sirena, llevaré un casco chulísimo, subiré unas escaleras altas y tendré una manguera muy larga, con la que yo y mis amigos apagaremos todos los fuegos que haya. A mí me parece que un bombero es más supermán que uno que sabe multiplicar.

Tres por cinco, quince

A Sergio los Reyes Magos le trajeron un teléfono móvil. Yo no sé para qué lo quiere, si ninguno de sus amigos tenemos. Creo que es para jugar al comecocos y a esas bobadas que llevan puestas, pero sobre todo para presumir con las chicas. Les enseña en el móvil fotos de su tortuga Pancha, de la moto de su hermano y de cualquier tontería que se le ocurre. Al principio le hacían caso, ahora le dicen que las deje en paz.

Tres por seis, dieciocho

Rober dice que su madre vio la semana pasada a mi padre por el centro, besándose con una chica en la boca. Yo no me lo creo, se habrá confundido, porque mi padre está en Alemania o por ahí, trabajando. Además, mi padre hace mucho tiempo que no besa a nadie, ni a mi madre ni a mí. Creo que se le olvidó cómo se hace, porque a todo el mundo se nos olvidan cosas, como a mí el dos por siete, que ya no sé si son trece o dieciséis.

Tres por siete, veintiuno

No me gustan los números. Y no quiero que me pase como al tío Enrique, que es un superveterinario y le llaman de noche y le despiertan para que cure a un hámster, a un caballo o a una serpiente que están muy malitos. Yo no quiero ser un supermán de los números, no quiero que suene mi teléfono cuando esté durmiendo para que alguien a quien se le olvidó, me pregunte cuántos son seis mil por veintiocho. Prefiero que me despierten para apagar un incendio y salvar a un perro.

Tres por ocho, veinticuatro

Mamá me ha prometido llevarme al zoo el domingo. Me ha contado que cuando ella era pequeña, llevaba una bolsa con cacahuetes y le daba de comer a los monos y al elefante. Pero dice que ahora no se puede, que está prohibido. A lo mejor tienen miedo de que si les damos chucherías, los animales engorden o se pongan enfermos y tengan que llamar de noche al tío Enrique para que los opere. Yo de todas formas voy a llevar los bolsillos llenos de cacaos y cuando no mire el cuidador se los echo al chimpancé o al rinoceronte. Va a ser una risa.

Tres por nueve, veintisiete

Voy a apagar la luz, a ver si me duermo. Me gustaría soñar que Martita está con su perro en un incendio y llego yo con mi camión rojo, trepo con mi casco por la escalera y los salvo a los dos. Entonces Martita me da un beso, dice que se quiere casar conmigo y su perro me lame la cara, como en las películas. Ese sí que sería un sueño guay.

Tres por diez, treinta

Oigo voces. Voy a levantarme para mirar por la rendija de la puerta. ¡Es mi padre, que ha vuelto de Alemania o por ahí! Llora y ríe al mismo tiempo, qué raro, mi madre también, pero no parecen tristes. Ahora se besan en la boca. Mi padre ha aprendido a besar otra vez. Por eso están tan contentos. A lo mejor la madre de Rober tenía razón y a mi padre le estaba dando clases aquella chica en el centro. ¡Ojalá se quede para siempre, así iremos los tres juntos al zoo!


jueves, 1 de mayo de 2014

¡ Salute !


Herbert Ellis fue siempre un buen, fiel y disciplinado soldado. Su única deficiencia, carecer de origen italiano. Pero ya dicen que nadie es perfecto, y os garantizo que en nuestro negocio esa ley se cumple inapelablemente. Jamás me faltó al respeto, cumplía con rapidez y pulcritud todos los trabajos que le encomendaba y se cuidaba de poner en solfa cualquiera de mis decisiones, por equivocadas que pareciesen. No discutía por los emolumentos y mantenía una vida privada muy conveniente para los intereses de la familia, con la que estaba comprometido hasta la médula. A Ellis lo descubrí muy joven, hace ahora más de treinta años, en un lupanar del West End; vigilaba que los clientes conservaran la debida compostura con las chicas y retribuyesen sus servicios de forma exacta y puntual. A pesar de su severa apariencia, no era un matón al uso: se declaraba un apasionado del diálogo aunque a veces, cuando las discusiones desembocaban en un callejón sin salida, sus obstinados interlocutores terminaban con algún hueso roto, un agujero en la tripa o sencillamente fiambres. Porque Herbert Ellis, además de fuerza física e inteligencia, disponía de una cualidad de la que muchos adolecen, tenía criterio, amigos, y sabía cuándo alguien merece o no seguir respirando.

Nuestro querido Herbie era también un hombre de principios. No sólo detestaba la religión, tampoco creía en Dios. Recuerdo que en cierta ocasión me aseguró que, si se lo encontraba en el otro barrio, le invitaría a unos tragos en compensación a todas aquellas veces en las que le maldijo. Apuesto a que necesitará más de una destilería para poder saldar esa deuda con el Creador.

Pocos de vosotros sabéis que estuvo a punto de cumplir la ilusión de intervenir en una película de Hollywood. Intercedí por él ante un empresario de la industria del cinematógrafo, pues daba el perfil de malvado que la mayoría de los films requieren. Sin embargo, poco antes de debutar junto a Broderick Crawford, Veronica Lake y otros peces gordos, fue condenado a tres años por robo con allanamiento. Cuando salió de la trena, ya no volvió a mencionar aquel sueño.

Hoy Herbie nos dice adiós, la tierra de la que vino cubrirá su féretro, pero este gran colega permanecerá siempre en nuestros corazones. Y no sólo en los nuestros, también en los de quienes lo asesinaron, porque ya he ordenado que las balas que los atraviesen lleven grabado el apellido Ellis. De esa forma, el diablo no necesitará más referencias y sabrá administrar a esos traidores el castigo que merecen.

Finalicemos este acto como él hubiera deseado que lo hiciésemos. Alcemos nuestras copas y brindemos por los magníficos momentos compartidos con ese fenómeno llamado Herbert F. Ellis. ¡SALUTE!


lunes, 23 de septiembre de 2013

El viejo músico





El viejo músico se queda mirando, pasmado, la portada de ese antiguo disco de vinilo en la que aparecen sonriendo un hombre blanco y otro de color. El primero de ellos sujeta una trompeta, el segundo un saxo. El fan, que adora esa grabación y se moría por un autógrafo, desconocía que su ídolo, con el brazo derecho paralizado y la mente en otro universo, baila el último vals sobre la silla de ruedas que conducen las enfermeras de un geriátrico en un apartado pueblo del medio oeste. El artista sigue observando en silencio la cubierta de esa joya imperecedera y comienza a acariciar con su mano izquierda el que hace décadas fue su propio rostro. En la otra, en la mano muerta, los dedos resucitan un instante: sus yemas tamborilean sobre el pantalón del pijama, como si quisieran pulsar unos pistones invisibles. De repente gira la cabeza y, dirigiéndose a su admirador, le pregunta: “¿Dónde está mi trompeta, Harry?”. El visitante, que ni se llama Harry ni tiene la más remota idea del paradero del instrumento aunque daría todo lo que posee por averiguarlo, no consigue reprimir una lágrima. Con la voz entrecortada le responde: “Mañana te la traigo, Buck”. Entonces el anciano sonríe, tal y como hacía el joven de la foto cincuenta y cinco años atrás. El buen samaritano le abraza y se aleja apesadumbrado. Sabe cabalmente que dentro de diez minutos Buck ya no recordará nada.


lunes, 22 de julio de 2013

Capítulo Dos




Sí, colega, nos vienen pisando los talones. A ti y a mí. Solo faltan los típicos perros de presa olfateando nuestras huellas, arrastrando a sus amos con las correas de cuero, ladrando como posesos y exhibiendo sus temibles y afilados colmillos. No hagas esas muecas de extrañeza, debes saber de qué te hablo. Vaya, por tu cara comprendo que no recuerdas lo que pasó en el anterior capítulo. También sería posible que no lo hayas leído todavía o, aún peor, que en mi extraordinaria confusión ni siquiera lo haya escrito, que esté atrapado en una telaraña dentro de esta atolondrada cabeza. Pero estás aquí, eres mi cómplice. Siento el aliento de nuestros perseguidores en la nuca. ¿Tú no? Los tenemos muy cerca. Permaneces en silencio con esa cara de besugo recién capturado, ojos y boca bien abiertos, no te estás enterando de nada, ¿verdad? Con esa actitud me obligas a que relate todo lo sucedido. Lee cuidadosamente, no me gusta escribir las cosas dos veces, en ocasiones ni tan solo una, por eso quizás obvié el primer episodio de nuestras correrías…

Me llamo Leocadio Smith y nací en un pueblucho de Nuevo México. Soy hijo de un gringo pelirrojo y una chicana, quienes al no ponerse de acuerdo para darme nombre, recurrieron al azar usando el libro de santos del abuelo (página sexagésimo nona, décima línea: San Leocadio, bingo). En el Instituto comenzaron a apodarme Leo Pecas, innecesaria cualquier explicación. Me expulsaron cuando le reventé las narices a Kevin Grant, el hijo del Sheriff Grant, el pijo de mierda que intentó levantarme a mi chica, Catalina Fuentes. Entonces comencé a ayudar a mis padres en la granja familiar, pero fue precisamente en esa época cuando las autoridades sanitarias nos hostigaron con continuas inspecciones. Bajo la excusa de no cumplir  rigurosos controles y carecer de los permisos establecidos en la normativa, nos prohibieron seguir dedicándonos, como siempre hicimos e hicieron nuestros antepasados, a vender la leche y el queso obtenido de nuestras vacas, a criar gorrinos y gallinas, a comerciar con su carne y huevos. Mi padre vendió finalmente todos esos animales y con lo que obtuvo compró un gran rebaño de ovejas; alguien nos informó que los ovinos están menos sometidos a la reglamentación o, en otras palabras, no amenazan tanto los intereses de las grandes compañías alimentarias. Los ingresos decayeron y empecé a buscar trabajo, ardua tarea en un pueblo insignificante ubicado en el sexto pino. Después de casi dos años trampeando aquí y allá, de encargado de un video-club a camarero, de asistente de un veterinario rural a mozo en una pensión de mala muerte, decidí emigrar.

Escucha, ¿no oyes voces a lo lejos? Ten cuidado, habla bajo, no hagas ruido. Sé que nos han localizado. Ignoro si serán agentes o caza-recompensas. Anoche vi el aviso pegado en la fachada de la cantina:

SE BUSCAN
VIVOS O MUERTOS
Leo Pecas y su Lector/a
Recompensa: 30.000 $
(25.000 $ por Leo, 5.000 $ por su secuaz)

¿Qué diantres pensabas? Es normal que por el jefe de la banda ofrezcan más dinero ¿no? Además, tu intervención en mis fechorías se ha limitado a llevarme arriba y abajo en el coche, no tienes ficha policial. Mientras mi retrato es muy nítido, el tuyo solo muestra una difusa mancha gris, no se advierte si eres hombre o  mujer. A ti solo te prenderán si estás a mi lado cuando me detengan o me maten. Tengo una idea: como no pueden reconocerte, sal del establo, ve a dar una vuelta por ese villorrio, infórmate de cómo andan las cosas ahí fuera y tráeme una botella de whisky. ¿Que quieres saber el resto de la historia? ¿Que cómo has llegado hasta aquí? Bueno, pero prométeme que inmediatamente después de referírtelo todo harás lo que te he dicho.

Prosigo. En Alamogordo, el lugar donde se detonó la primera bomba atómica, residí seis meses. Trabajé ese tiempo en una gasolinera y ahorré el puñado de dólares que me costó un Chevrolet del año de la Polka, el vetusto pick-up que tan bien nos ha venido. Cuando llegué a Santa Fe tuve suerte de emplearme como recepcionista en el Club de Seniors. Poco trabajo y largas horas de tedio, que mitigué gracias a la lectura de muchos volúmenes de la biblioteca del club, más tarde con la escritura, con mis patéticos cuentos, como éste en el que estamos envueltos ahora. Esta historia sin pies ni cabeza titulada Outsiders in Nebraska, un relato malo de solemnidad, en el que el protagonista se llama como mi alias, solo que en la ficción soy un tipo algo mayor, cruel, analfabeto pero inteligente, sin amigos y alcohólico. Huérfano desde la niñez, abandonado después por mis familiares más cercanos (o menos lejanos, según se mire) paso las de Caín buscando el sustento en los confines de la sociedad de Lincoln, Nebraska. Primero son pequeños hurtos de mercancías que luego vendo, lo que me proporciona un modus vivendi sencillo aunque miserable. Más tarde aprendo un par de útiles timos que practico con petimetres locales, es una actividad más rentable pero con un mercado tan reducido que al final me veo forzado a abandonar el negocio y decido pasar al atraco a mano armada. Precisamente entonces apareces tú en medio del primer capítulo y, como no te puedes resistir a la fascinante personalidad del Leo inventado, permites que te reclute como camarada de fatigas, involucrándote de lleno en mis hazañas criminales. No comprendo cómo llegaste a este texto siendo solo un borrador, pero estoy seguro de que te traicionó el subconsciente, querías vivir a toda costa una gran aventura y solo has logrado situarte fuera de la ley, poner tu existencia en serio peligro.

Necesito un trago, colega. Me va a faltar saliva para acabar la narración. Júrame que en cuanto termine saldrás y me traerás esa botella de algo consistente. Lo has jurado, recuerda.

Ya que continúas mostrando esa alelada cara de despiste supino, te informo que empezamos con los bazares asiáticos. Esos rollitos primavera eran pan comido, muchos de ellos inmigrantes ilegales que se defecaban encima cuando les apuntabas con un revólver, que no se atrevían a interponer denuncias, a algunos les robamos en varias ocasiones. Eran trabajos tan fáciles que me avergüenza rememorarlos, tú al volante del destartalado Chevrolet, motor en marcha, esperando que yo saliera con un fajo de billetes y montones de relojes y teléfonos móviles metidos en una saca, para salir pitando por las solitarias carreteras de Nebraska, donde ni tú ni yo hemos estado jamás en la vida real. Solo nos dieron un susto, fue una noche en el Beijing Express, ya les habíamos atracado tres veces y nos estaban esperando; cuando me vieron entrar, dos tipos con pinta de ninja, armados hasta las cejas, surgieron inesperadamente de algún lugar situado detrás de las estanterías. Ése día no se me olvidará, una bala pasó rozando el lóbulo de mi oreja derecha, nos salvamos por los pelos, colega.

Ya éramos conocidos por todos los comerciantes orientales, debíamos cambiar de sector. Los restaurantes abiertos las 24 horas representaban un negocio poco lucrativo pero bastante seguro. En Lincoln y sus alrededores, a las tres de la mañana no hay mucha gente que frecuente esos lugares. Y los borrachos no nos inquietaban. Fue otra época bastante buena, cenas gratis y dinero fácil a cambio de un riesgo pequeño y controlado. Recuerdo que vivíamos bien allí, en el Motel Elvis. A veces montábamos unas juergas legendarias, en las que corrían sin límite el bourbon y los estupefacientes. La putada llegó cuando descubrimos que las malditas cámaras de seguridad habían dejado la imborrable huella de mi cara en sus grabaciones. Ese mismo día nos mudamos a Omaha.

Fue una tórrida mañana de julio cuando la patria chica de Fred Astaire, Marlon Brando, Monty Clift y Nick Nolte nos recibió con los brazos abiertos. Aunque no íbamos cortos de guita, no queríamos dormirnos en los laureles, era preciso seguir recaudando, aspirar al Oscar de los mangantes. Pero para eso teníamos que reinventarnos, dar un salto cualitativo y cuantitativo en nuestra carrera: nada de tiendas chinas, restaurantes de 24 horas ni chorradas por el estilo. Me diste la idea al preguntar dónde guarda la gente la pasta, colega. En los bancos, te respondí. La idea era visitar varias oficinas y observar los movimientos de los empleados y de los clientes, los elementos de seguridad y las vías de escape. Decidimos debutar en el Basura Bank. Si bien el botín fue irrisorio, la experiencia resultó enriquecedora. Después visitamos el Poquito Bank, con rendimientos más aceptables aunque todavía insuficientes. A éste le siguió el Ricachones Bank, en el que asumimos grandes riesgos pero obtuvimos unas considerables utilidades y, de paso, un precio por nuestras cabezas.

Pero en el último trabajo, en el Millonetis Bank, la cagamos con todo el equipo. Debí atender tus advertencias cuando, como ya hiciste la noche del Beijing Express, te arrancaste un número aleatorio de pelos del cogote, los contaste y me dijiste: “Impar, dejémoslo”. Era tu absurda y supersticiosa forma de predecir si nuestra misión tendría éxito o no. Sabes que yo nunca creí en semejante idiotez pero, joder, aquella vez volviste a acertar de pleno. Me empeñé en probar el sinsentido de tu técnica profética y lo único que conseguí fue demostrar que la avaricia rompe el saco, que a todo cerdo le llega su San Martín. Me vi obligado a disparar a un vigilante nerviosito y nos marchamos sin un centavo, con el rabo entre las piernas. El capullo del guardia solo está grave, cualquiera puede seguir viviendo sin el puñetero bazo, pero al ser sobrino de un Consejero del banco, que por más señas se postula para candidato al Senado en las próximas elecciones, la bofia se ha lanzado tras nosotros sin contemplaciones, como si hubiésemos asesinado al mismísimo Presidente de los Estados Unidos y a toda su parentela, celebrando después un rito satánico con sus cadáveres. Con tanto terrorista suelto y despliegan un operativo que cuesta un huevo a los ciudadanos, moviendo cielo y tierra, solo para trincar a dos pelagatos. Perdona el calificativo, colega, pero reconoce que eso es lo que somos: unos pelagatos, ni más ni menos.

Ahora estamos en este sucio establo abandonado a varias millas de Omaha, donde hemos llegado en un Ford alquilado con documentación falsa, intentando que se calmen las cosas y poder traspasar sin problemas la frontera de Iowa para dirigirnos a Des Moines, la ciudad donde murió el gran campeón de los pesos pesados Rocky Marciano. The End, Fine, Fin, Das Ende, Koniec.

Bueno, colega, ahora que ya te he puesto al día y conoces la situación pormenorizadamente, sal, coge el coche, acércate al pueblo, husmea un poco, entra en un supermercado y compra varios periódicos, una radio de bolsillo, algo de comida y, esto que no se te olvide, una botella del brebaje con la graduación más alta que encuentres. Cuando regreses haremos planes importantes. Pero déjame antes tu revólver, has mostrado ser incapaz de aprender a disparar durante todo este tiempo. Si te cachean y lo descubren solo conseguirás que te detengan y tú, a fin de cuentas, eres otra de mis víctimas. Vete ya. Hasta luego.

Menos mal que al final me he desecho de su compañía, le estimo tanto. Estoy convencido de que llegarán en menos que canta un gallo. No sé cómo ni por qué, pero saben que andamos por aquí. Confío en que mi colega salve el pellejo, apostaría a que no tienen informaciones o pruebas que puedan incriminarle de forma directa en ninguno de los delitos que hemos cometido. Ya oigo los helicópteros sobrevolando el establo. Y a través de unas rendijas entre las tablas que forman las paredes veo cómo, levantando nubes de polvo, se acercan manadas de coches de polizontes desde los cuatro puntos cardinales. Los desgraciados llevan las sirenas y luces a todo meter, creen que así me van a atemorizar, son bobos de nacimiento.

Ignoran que, aunque he contado siete pelos de mi cogote, no me pienso entregar, que nadie enchirona a Leo Pecas, que aquí se va a armar la de Dios es Cristo. Tengo la boca seca, dos pistolas y he visto cuatro veces Dos hombres y un destino. Ni esto es Bolivia ni yo soy Paul Newman o Robert Redford, mucho menos Butch Cassidy o Sundance Kid. No obstante voy a salir disparando a mansalva, indiscriminadamente, hasta que me acribillen o un madero con buena puntería me mande en el acto al otro barrio. Ignoran también que, desde que abra esa puerta, voy a concentrar todos los pensamientos en mi diosa, en la bella Catalina Fuentes; el recuerdo de su imagen endulzará mis últimos momentos. Los muy estúpidos no sospechan que este cuento se ha acabado, colega.


lunes, 1 de julio de 2013

¡Con dos colchones!




Colchones Cabezón. Ése era el nombre de la importante fábrica de don Félix Cabezón, un hombre muy rico que tenía una gran y bonita casa, un lujoso coche, una mujer despampanante y un perrito con noble pedigrí. Además, el empresario se relacionaba con muchos clientes y proveedores, otros fabricantes y algunos políticos, con los que a menudo se reunía para comer o cenar en restaurantes de alto standing donde servían mucho marisco y vinos de leyenda. Allí contaban muchos chistes de bajo standing y se criticaba a otros clientes y proveedores, a otros fabricantes y a otros políticos, aunque a veces también se sellaba algún negocio, bueno para todas las partes. Pero el señor Cabezón, pobrecito, aunque conocía a mucha gente con la que comía, bebía, bromeaba, refería chascarrillos e incluso hacía negocietes, no tenía ni un solo amigo.

Tal vez por ello, quién sabe, el colchonero se dedicó a espiar a sus empleados cuando éstos coincidían en las pausas del almuerzo y la comida. Todo comenzó cuando, un buen día, se le ocurrió observarles a través del ventanal de su despacho situado en el primer piso. Nunca ocultaban su jovialidad en el comedor de la empresa mientras parecían relatar anécdotas familiares y proyectar humildes planes para su tiempo libre, tiempo que Félix solía emplear en acompañar a su esposa Piluca de boutiques o al cirujano plástico, pasear a Chochín, limpiar la piscina o pasar el cortacésped por el jardín. Tanta atracción afloró en el patrón por las vidas de sus asalariados, que instaló micrófonos ocultos en el refectorio para tener completo acceso a sus comentarios y poder conocerles mejor. Tras algunas semanas vigilando al personal, Félix comprendió que aquellos seres, que no tenían ni grandes ni bonitas casas, ni lujosos coches, ni mujeres, maridos o perritos de diseño, que por su culpa ni siquiera disponían de unos sueldos medianamente decentes, eran sin embargo medianamente felices. Y que su mediana felicidad no dependía de la mediana o pequeña cantidad de dinero que pudiesen atesorar o gastar, sino de la sencilla actitud de acomodarse a sus particulares y miserables insuficiencias, valorando lo necesario y eludiendo lo superfluo, todo ello sobre una sólida base viscoelástica de amor y amistad.

Cabezón empezó a admirar con envidia a sus trabajadores porque, poseyendo muchísimo menos que él, demostraban más alegría y deseos de vivir. Para asombro de la plantilla, determinó pasear con frecuencia por la fábrica, preguntando a Paco si su hijo ya se había recuperado de la neumonía, consultando a Asunción cómo le iba a su madre en la residencia, aconsejando a Federico que cambiase de mecánico, etcétera, etcétera. Una tarde les reunió para anunciarles que, como las cosas marchaban bien, iba a abonarles una paga extra a final de mes. Poco tiempo después, Félix bajaba a comer diariamente con sus subordinados. La tensión y suspicacia mostradas al principio por todos ellos fue remitiendo a medida que se acostumbraron a su amable compañía y a los chistes malos, de bajo standing, que contaba. Aunque era el dueño de la fábrica y a pesar de las distancias económicas y sociales existentes, Félix se acabó integrando muy bien en aquel grupo.

No era raro que las sobremesas se extendieran a petición del propio jefe. En ellas se discutían formas de modificar tal o cual proceso, en aras a dulcificar algunas fatigosas tareas sin pérdidas de efectividad. Nadie sabe si ese acercamiento del colchonero al personal y los cambios introducidos en la actividad manufacturera fueron el detonante, pero el hecho es que la productividad aumentó significativamente los meses siguientes. En agradecimiento, el jefe les premió con una semana adicional de vacaciones.


Durante el verano Cabezón meditó, meditó y meditó. Al final, tomó la decisión de ser feliz, como sus operarios. Pero para igualarse a ellos debía desprenderse de muchas cosas y la primera de ellas era la fábrica. A Félix ya en varias ocasiones le habían intentado comprar la industria. Contactó con el último ofertante y convino un precio justo para la transacción, incorporando una condición por la cual el nuevo propietario no podría despedir a ninguno de los trabajadores a menos que abonase una altísima indemnización. Y antes de que se formalizara el traspaso de la sociedad, se dio de alta como empleado. Los flecos del dinero, la casa, el coche y Chochín, elementos que en su nuevo estatus también sobraban, se resolvieron fácilmente mediante un divorcio exprés, un trato en el que Piluca quedó más que bien parada, al apropiarse de todo. 

Don Félix Cabezón es ahora arrendatario de un pequeño apartamento en el extrarradio, tiene un coche de segunda mano que se cala cada dos por tres, ronda a Paquita la telefonista y disfruta con los trinos de su canario Gorki. En los ratos de ocio le gusta leer, pasear en bicicleta, está aprendiendo a tocar la guitarra y alterna con sus compañeros y amigos de la fábrica, con los que a veces sale de excursión y que le llaman cariñosamente “Cabezota”.


sábado, 8 de junio de 2013

24 horas en la vida de una mujer




DÍA 1

Viernes, 9:35 a.m.
¿Maribel?  Hola, soy Carmen, ¿te acuerdas lo que hablamos ayer tarde? ¿Sí? Pues que he consultado con la almohada y lo he decidido ya: voy a dejar a Ricardo. Sí, que por fin lo dejo. Tienes razón cuando dices que es muy egoísta y que no nos parecemos en nada, que a mí me gusta bailar y él odia hacerlo, que solo le interesa el fútbol y el cine, que pasa del teatro y de las reuniones con nuestros amigos, que es bastante soso y que le aterra el matrimonio. Luego le llamo y quedo con él para tomar una copa y decírselo a la cara, yo no soy de esas que se despiden con un SMS o por teléfono. Tengo una compañera que el novio se enteró porque lo leyó en su muro de Facebook, ¿te lo puedes creer? Qué guarra, ¿no? Yo no soy así, le voy a presentar mis razones a la cara y como es inteligente y comprensivo creo que lo entenderá. El caso es que está como un tren el cabronazo. Pero ya está bien, hasta aquí hemos llegado, me aburre mucho y punto. Oye, te dejo que se acerca mi jefa. Después hablamos, ciao.

Viernes, 2.10 p.m.
Hola Maribel, veo que estás hablando con alguien, te dejo mensaje en el contestador. Pues que he llamado a Ricardo y me ha dicho que esta tarde no puede porque se había comprometido con unos compañeros para jugar al fútbol y tal. ¿Lo ves? Son más importantes sus amigos de la oficina que yo…  Bueno, lo bien cierto es que me ha propuesto invitarme luego a cenar, creo que aceptaré y durante la cena se lo suelto, diplomáticamente pero sin anestesia, se lo suelto. Te llamo luego, guapa. Un besito.

Viernes, 7.40 p.m.
Maribel, es que estoy dudando entre el vestido rosa de la mega-minifalda o el mono verde del súper-escote-de-la-muerte, ¿a ti qué te parece? ¿Qué por qué me caliento la cabeza con trapitos si le voy a dejar? Bueno, chica, perdona, pero mi abuelo decía que no hay que confundir la gimnasia con la magnesia… Además, quiero que se entere de lo que se va a perder por no haber puesto suficiente interés… ¿Entonces el verde? Gracias, Mary, eres un sol. Te debo una. Muák.

Viernes, 10:15 p.m.
Mary, que soy yo, Carmen. ¿Puedes hablar? ¿Sí? Mira, estoy en el baño. El muy lagarto me ha traído al Restaurante donde me invitó la primera noche. ¿Te lo puedes creer? Ese restaurante pequeñito tan romántico, en el que toca un trío de jazz, sí, justo, el mismo. Para mí que se huele algo, hoy ha venido de punta en blanco, hecho un pincel. Conque te diga que los tíos le miran más a él que a mí… Está para comérselo, te lo juro. No sé si voy a ser capaz de enviarle a freír espárragos… Es que encima se debe haber duchado con agua de colonia, se ha puesto gomina y me ha traído una rosa, ¡vaya cabrón! Ya, ya sé que he de decírselo, pero me va a costar un ovario arrancar, además es tan sensible, es capaz de ponerse a llorar a moco tendido. Sí, sí, vale, te llamo luego. Besito.

Viernes, 11:45 p.m.
 Maribel, estoy otra vez en el baño. En la cena no he podido abordar el tema, chica, no he sido capaz, qué quieres… Hoy está de un encantador subido, ha pedido champán francés y me ha sacado a bailar cuando los músicos han empezado a interpretar “You can’t take that away from me”. ¿Nunca te dije que me chifla ese tema? Pues me ha confesado que había rogado al pianista que tocasen esa canción cuando nos sirviesen el espumoso. ¿No es un cielo? Bueno, ahora me ha invitado a tomar un gin-tonic en su apartamento. Sí, sí, te juro que entonces se lo digo, no voy a esperar más. A solas será más fácil… Espero que no se lo tome a mal y le dé un infarto. Bueno, chica, buenas noches, ya hablamos mañana.

DÍA 2

Sábado 10:10 a.m.

¿Maribel? Soy Carmen y ya puedes empezar a llamarme ex-amiga, zorra, más que zorra. Que me he enterado que le has estado tirando los tejos a mi Ricardo con mensajitos provocativos, que los he visto en su móvil. ¿Que lo espío? Y una mierda, bonita. Me los ha enseñado él, y también sus evasivas respuestas y esas fotitos medio porno que le mandabas, chicholina de pacotilla. Vaya amiga que eres, ¡mala pécora! Pues que te enteres que ayer cuando llegamos a su casa nos tomamos unas copas y seguimos bailando al ritmo de las bossa-novas de Astrud Gilberto y luego nos bañamos juntos e hicimos el amor como nunca antes, con una pasión desbocada, imbécil. Y que esta mañana, después de traerme el desayuno a la cama me ha pedido que me case con él, ofreciéndome un anillo que es una pasada, que si lo ves te mueres de la envidia cochina que te entra, boba insulsa. Sí, ahora ponte a llorar como una mema… Pero ¿de qué vas? Querías que riñera con mi novio para intentar cazarlo tú luego, ¿no? Pues te jodes como dijo Herodes, tonta del culo. Sí, sí, sigue llorando, tarada. Mira, cuando cuelgue voy a borrar tu número de la agenda, te aconsejo que hagas lo mismo con el mío. No quiero volverte a ver ni hablar contigo nunca más. Hemos acabado para siempre. Y para terminar, te voy a decir otra cosa: el conjuntito azul celeste que te aconsejé que te compraras te sienta de puñetera pena, tía foca. Muák y hasta nunca.


martes, 4 de junio de 2013

El Barman




Nadie como yo como para comprender los motivos que inducen a los solitarios a venir, acodarse en la barra o en la mesa del rincón como si estuvieran rezando en un reclinatorio y comenzar a beber sin recato ni medida. Los bares son lo más parecido a santuarios, no en vano a los clientes se les denomina parroquianos. Y el Alcohol es su dios, su religión. En esta particular iglesia hay devotos del vino, del coñac, del whisky, del tequila, otros adoran el orujo y la cazalla y muchos invocan el ron, la ginebra o el vodka, que suelen atenuar con el añadido de algún refresco dulzón. Si prestas atención a lo que cuentan, más bien a lo que confiesan, tienes ganada su confianza. En su bendita ingenuidad ejerces el papel de sacerdote sencillamente porque eres de los pocos que acceden a conocer sus problemas, el único que se atreve a prestarles consejo. Consejo que luego, cuando vuelven con expresión más afligida, y como consecuencia más sedientos, te arrepientes de haberles dado. Entonces juras no escucharles nunca más, no entrometerte en sus desgracias, ignorar su naufragio. Pero eres consciente de que en realidad estás perjurando, porque tu auténtica vocación no es preparar cócteles o poner copas, sino alimentar esperanzas, reflotar vidas y salvar personas.


miércoles, 22 de mayo de 2013

La peste




Mi gran amigo Iván me lo confesó una noche de formidable borrachera:

-David, no te lo vas a creer, esto no se lo he comentado nunca a nadie, pero desde pequeño huelo los sentimientos de las personas. No tengo olfato para las cosas materiales, no noto el supuesto aroma de los perfumes, de los alimentos, de las flores, no advierto la fetidez que atribuyen a la basura y a las cosas desagradables, de nada que pueda verse o tocarse. Pero sé distinguir perfectamente el olor de la cobardía, del cariño, de la inseguridad, de cualquier emoción que el ser humano que tenga delante pueda experimentar. Y te aseguro que es una terrible maldición, a medida que maduro se acentúa más y más. Ahora mismo percibo el hedor de tus dudas, quieres creer lo que te estoy diciendo pero tu cerebro se resiste.

Me quedé de piedra. Acababa de leer mi mente, como había hecho antes en incontables ocasiones sin que yo hubiera sabido cómo. Tras procesar la información, entendí al instante por qué había estudiado Psicología y también por qué abandonó su consultorio después de solo unos pocos meses de ejercicio profesional. Comprendí que, aunque descifrase los sentimientos de sus pacientes y pudiera guiarles tal vez mejor que nadie en su alivio y curación, debía ser espantoso enfrentarse continuamente a la pestilencia de odios, celos, tristezas, envidias, frustraciones, miedos, de cualquier tipo de trauma, fobia o manía que todas y cada una de las personas almacenamos en nuestro interior.

David me aseguró que sus fragancias preferidas eran las del amor, la amistad y la confianza, pero que cada vez era más insoportable el tufo que tenía que respirar. La tensión estaba a flor de piel en cada ciudadano, la podredumbre reinaba sobre cualquier otra cosa, no podía aguantar más. Había decidido irse a vivir a un alejado pueblecito del interior con apenas una treintena de ancianos habitantes. Allí, pensaba, el aire sería más limpio.

Esta mañana me ha llamado el padre de Iván para comunicarme  que ayer, cerca de la aldea, encontraron su cuerpo sin vida suspendido de un árbol. Con voz sollozante me ha dicho que llevaba en su bolsillo una nota en la que había escrito: “Decidle a David que ahí donde haya una persona, ahí está la peste”.


martes, 7 de mayo de 2013

Hermano




Hermano, he llegado. No olvides lo que te pedí. Os quiero.” El SMS heló la sangre de Pedro. Pocos minutos antes una locución le había asegurado que el móvil de Mauro estaba apagado o fuera de cobertura, cuando intentó responder a una llamada perdida que ya le sobrecogió, pues acababan de enterrar a su amigo esa misma mañana. Entonces recordó nuevamente sus últimas palabras: “Pedro, hermano, me muero. Sé que todo lo planeaste con María porque estáis enamorados. Tendrás que cuidar de ella y las chicas; confío en ti.


domingo, 28 de abril de 2013

Víctimas



-  ¡Alto ahí!  Dame inmediatamente toda la pasta que lleves encima.


     -   ¿Cómo? ¡De eso nada! Si quiere mi dinero habrá de matarme.

     -   Pero hombre, ¿quién te ha dicho que yo quiera matarte?

    -     Para quitarme el dinero antes tendrá usted que usar esa pistola.

    -     Vale, de acuerdo. A ver, convénceme de que no debo hacerlo.

    -     Tengo mujer y dos hijos.

    -     Yo parienta, tres críos y un periquito.

      -     Estoy desde hace dos años en el paro, antes trabajaba de contable en una empresa que se trasladó a Marruecos.

   -     Joder, ¡qué casualidad! Hace más de tres años que no tengo curro; yo era albañil.

  Si no consigo por lo menos cuatro mil euros en el plazo de una semana, nos desahuciarán. ¡Malditos bancos!

   ¡Hijos de puta! ¡Me cago en ellos! A nosotros ya nos tiraron a la calle hace seis meses; ahora vivimos en una caravana robada.

    -   Mi madre está muy enferma. No puedo comprar los medicamentos que necesita y que ya no proporciona la Seguridad Social.

   ¡Qué me vas tú a contar! Tengo un crío medio ciego, no me dan ninguna ayuda y estamos dos años en lista de espera. ¡Políticos de mierda!

   -  Sí, tiene usted toda la razón, ¡vaya gobernantes inútiles y vendidos! A veces me entran unas insoportables ganas de suicidarme y mandarlo todo al carajo.

   Bueno, oye, por favor, tranquilízate, mejor que no sigas. ¿No tendrás un par de euros?, así nos hacemos unas cañitas y seguimos hablando.

     -    Hombre, si solo son dos euros y deja de apuntarme con esa arma…

    -     Pero bueno, ¿no te has dado cuenta? ¡Si solo es una pistola de juguete que encontré en un contenedor! Lo siento, perdona, es que estoy desesperado ¿sabes? Me llamo Paco.

  De acuerdo, encantado, Paco. Le comprendo, pero entienda que me ha dado un susto. Mi nombre es Eduardo.

   -   Disculpa otra vez, Eduardo, mucho gusto. Y háblame de tú, colega. Mira, yo pago la segunda ronda. Oye, ¿sabes que le tengo echado el ojo a otra caravana? He pensado que luego te daré mis señas, por si al final os desahucian ¿qué te parece?

Y los hombres se encaminaron hablando amigablemente hacia el bar más cercano.


jueves, 25 de abril de 2013

En París, bajo la lluvia





Es 1958 y nunca hasta hoy visité París. Nunca hasta hoy tuve necesidad ni intención de ello, pero he de confesar que ahora me arrepiento de no haberlo hecho antes. La estampa que tengo ante mí, de un tipo bajo la lluvia protegiendo con su paraguas un violonchelo, compensa las calamidades de este viaje. Es una escena melancólica y entrañable, en la que un hombre de mediana edad con una gabardina y una gorra prefiere quedar empapado a que su instrumento sufra algún percance. Cualquiera podría intuir que es lo más parecido a una metáfora viviente.

Decía que ha sido un recorrido calamitoso, aunque no por su duración y las adversidades encontradas en el camino, que también las hubo y no relataré. Ha sido triste porque he viajado con un cadáver, concretamente con las cenizas de mi mejor amigo. Fernando me arrancó el compromiso de que cuando muriese, porque él era consciente de tener los días contados, yo personalmente derramaría sus restos en el Sena. Además, no debía hacerlo solo. Antes tenía que contactar con Gabrielle, su antigua novia, la única mujer a la que amó, para que me acompañase en el ritual de esparcir esos residuos bajo el Puente de los Inválidos, desde el lugar exacto donde se dieron el primer beso.

Esta mañana he conocido a Gabrielle, además de unos fascinantes ojos tiene una sonrisa maravillosa. Pensé que se negaría a complacer los deseos de un muerto, pero me equivoqué. Los franceses están hechos de otra pasta, eso es indudable. Después de la lúgubre ceremonia, a la que también ha asistido un aguacero que no estaba invitado, hemos tomado un café y nos hemos despedido con un beso. Luego he empezado a pasear y me he emocionado con la imagen del violonchelista. Ahora comprendo la metáfora: el chelo, o es un sueño, o es una mujer.

Vuelvo a pensar en los ojos y la sonrisa de Gabrielle; siento, estoy convencido, que me he enamorado de ella.