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domingo, 10 de marzo de 2013

Mahoney y Co. (Cuarto capítulo)


4. LA MALA SUERTE SE LLAMA MAHONEY

“Rick Picard - Detective“, eso es lo que indica el rótulo de una de las puertas en el quinto piso del estiloso edificio marcado con el número 45 de la calle 66 Este de New York. El verdadero nombre de Rick no es Richard, sino Rigoletto, como el personaje de la ópera favorita de sus extravagantes padres: Marcel Picard, un cocinero francés que se jubiló como chef en Delmonico y Kokoro Uozumi, una filósofa japonesa, popular por concebir y difundir la controvertida “Ley de la conservación del cariño”, según la cual el amor ni se crea ni se destruye, solo se transforma.
A Rick, con cuarenta y cinco años y tres divorcios a las espaldas, le traen al fresco las teorías maternas sobre las transformaciones del amor, aunque sin embargo vive bastante bien de ellas, pues es un valorado espía de personas infieles. Sus clientes habituales son cornudos y cornudas de la alta sociedad necesitados de que, emulando a su padre, Rick les cocine y sirva en bandeja unas exquisitas pruebas de las traiciones conyugales, para sacar luego buena tajada en los correspondientes procesos de divorcio.

Esta vez, un conciudadano irlandés apellidado Mahoney le ha propuesto un trabajo de cinco mil pavos en Detroit, por obtener fotografías y grabaciones del usurero Orfeo Antonuzzi retozando con su amante, no importa con cuál de ellas. Picard, que últimamente anda flojo de faena, ha aceptado el encargo sin hacer demasiadas preguntas. Sabe perfectamente que en este tipo de ocupación el silencio es un valor añadido al producto final. Por eso ignora que Mick Mahoney intentará chantajear a Antonuzzi con ese material para que le entregue veinticinco mil dólares, veinte mil por los emolumentos que se niega a pagar por un trabajo que Mick nunca debió aceptar, pero que se curró a cara de perro en Denver, infringiendo varias leyes interestatales, y cinco mil adicionales para cubrir los gastos del propio reportero.

Rick Picard está alojado en el Greektown Casino Hotel de Saint Antoine Street, donde Orfeo tiene permanentemente reservada una suite que utiliza para recibir y agasajar a las jóvenes y alegres amigas que suelen visitarle. Una inversión de doscientos pavos le ha rentado de inmediato una habitación en la misma planta. Ha accedido de estranjis a la suite la pasada madrugada, mientras se supone que Antonuzzi dormía en casa junto a su señora esposa, y ha instalado los dispositivos electrónicos precisos para llevar a cabo su sucio trabajo con la mayor pulcritud posible. De ir mal las cosas, saber que Canadá comienza al otro lado del río, solo a unos minutos de allí, le ofrece cierto sosiego.
Lo tiene todo preparado, ahora solo es cuestión de esperar. Con un par de chistes y sendos whiskies, ha sonsacado al conserje de noche la valiosa información de que Orfeo acude todos los miércoles, lo que significa que hoy mismo, si todo va bien, podría terminar su misión y regresar a su dulce y solitario hogar en el último vuelo.

Son las tres de la tarde. Orfeo entra en su lujosa habitación con un pibón de chocolate al que llama Aurora. Mientras el hombre comienza a quitarse los pantalones, el monumento de ébano saca un cuchillo de su bolso y le despanzurra el vientre. “¡Vaya mierda!”, piensa Picard, observando en la pantalla de su ordenador portátil cómo las tripas del gordo tintan la moqueta de rojo oscuro, casi negro. Aurora se inclina, comprueba la ausencia de pulso en la muñeca de su anfitrión, introduce el arma en el bolso, se vuelve a poner la chaqueta y sale por la puerta, tan campante.

Picard está en un grave aprieto: tiene su sofisticado y costoso equipo en la habitación de un cadáver y si no lo recupera rápidamente, antes de que alguien advierta lo sucedido y avisen a la policía (con la que colaboraría si ello no supusiera arriesgar su prometedora carrera), podría verse envuelto en un sórdido crimen. Pero si alguien le ve entrar o salir de la suite, entonces estará mucho más que jodido, y ya dijo una vez un famoso escritor que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

El tiempo apremia, justo en la hora punta de tránsito por los pasillos del hotel. Rick ha empacado todo su equipaje, únicamente le falta recoger las cámaras escondidas en la habitación 706 y cruzar el puñetero río a toda pastilla. Finalmente en su cabeza se enciende una bombilla: sube por la escalera de servicio a la octava planta y acciona la alarma de incendios. Cuando piensa que ya han evacuado todos los residentes de su nivel, el detective entra en la cámara mortuoria y retira los aparatos. Vuelve a su habitación, toma la maleta y como el resto de huéspedes, baja hasta la calle. Picard cruza, llama a un taxi y pone rumbo al país de la bandera con una hoja de arce, mientras respira aliviado y esboza una estúpida sonrisa.

Es la segunda vez en pocas semanas que el azar le gasta una putada a Mahoney. Cualquiera diría que le ha mirado un tuerto.


Mahoney y Co. (Tercer capítulo)


3. UN PLAN DE MIERDA


Nick Mahoney, a quien algunos apodan “El Potro”, nunca fue un estudiante brillante, todo lo contrario, pero se gana bastante bien la vida. Nick es un cazador de recompensas, ocupación para la que no se requiere carnet, título, currículum, ni siquiera recomendaciones. Su tarea consiste, básicamente, en averiguar a qué precio está el kilogramo de criminal y apresar al mejor cotizado. Cuando a Nick le cuesta encontrar pistas que le proporcionen el paradero de su objetivo, recurre a cualquiera de los tres métodos, mal vistos pero infalibles, que cualquier sabueso debe conocer: el soborno, la amenaza o la paliza. El primero de ellos, por encarecer los costes y reducir ostensiblemente el margen de beneficio, solo lo considera en el muy remoto caso de que las circunstancias aconsejen no empeorar sus antecedentes penales. De los restantes procedimientos prefiere la amenaza, pero solo porque detesta la sangre desde que estuvo en Afganistán y vivió en directo más de una carnicería.

Hasta ahora se dedicó siempre a colaborar con la pasma y la justicia, pero un tal Orfeo, de Detroit, un individuo que parece sacado de la serie Los Soprano, le ha hecho una oferta que no ha podido rechazar. La parte contratante le obsequiará con veinte de los grandes libres de impuestos si es capaz de situar directa o indirectamente ante sus narices a Harry Rosolino, un desalmado matarife. Nick sospecha que cuando quiere a ese sujeto vivo (y por ese precio) es porque tiene algo valioso que le pertenece y pretende recuperar. Y aunque los asesinos nunca fueron su especialidad, sobre todo si no están fichados como es el caso, el incentivo prometido merece asumir algún riesgo. Ha urdido un plan, sabe que es un plan de mierda, pero desde que oyó que había una mujer a la que le tocaba la lotería cada vez que quedaba encinta, no elude las coyunturas embarazosas.

En estos momentos tiene delante, bien amarrada a una pilastra del almacén abandonado de la compañía Vimon & Stark, en Longmont (Colorado), a cuarenta y cinco minutos de Denver, a la última conquista de Rosolino. Mariana es una preciosa pelirroja, con la cara de una Venus de Botticelli y tetas y piernas dignas de una conejita del Play Boy. Ella no quiere traicionar a su hombre, las amenazas no han surtido efecto. Para localizar a Harry, Nick intuye que deberá emplear el método más contundente y es la primera vez que se estremece con la mera idea de golpear a alguien. Tampoco ayuda ese enorme graffiti rojo en la pared del fondo, que sentencia “Dios te está viendo”.
Mahoney intenta por última vez persuadir a la joven, no quiere tocarle un pelo (en realidad desearía acariciar cada milímetro de su cuerpo), no es su intención hacerle daño. Mariana está muy asustada y accede por fin a facilitarle el número de Harry. Nick pulsa las teclas.

-Harry al habla.

-Hola Harry, no me conoces, mi nombre es Nick. Escucha atentamente: necesito que vayas de inmediato a Detroit, unos buenos amigos que te echan de menos te esperan para compartir unos tragos. Tengo aquí a tu chica, ya sabes, Mariana. Si haces lo que te he dicho, a ella no le pasará nada de nada.

-Oye, Nick o como-quiera-que-te-llames, hijo de la gran puta, ya veo que no me conoces, pero ¿tú quién te has creído que eres? ¿Has secuestrado a mi novia y me estás amenazando, cabrón?

-Relájate, Harry. Mariana y el lunar que tiene cerca de la comisura de su labio superior están bien, yo cuidaré de ella mientras visitas a esos colegas. Y cuando ellos me confirmen que ya habéis fumado la pipa de la paz, la llevaré intacta de vuelta a casa. Confía en mí.

-Te diré lo que voy a hacer, Nick. Voy a despellejar vivos a esos perros y luego acabaré contigo. Y te juro que si le haces a Mariana el más mínimo rasguño sufrirás mucho antes de morir, cerdo.

-Harry, no te pongas melodramático. Creo que te estás ofuscando, no te haces cargo de la situación. La sartén la tengo en mi mano y tú te estás friendo dentro como una maldita salchicha. Antes de que te achicharres del todo resuelve rápidamente tus asuntos con Orfeo en Detroit y reza para que ese tipo me llame diciendo que puedo liberar a la paloma. ¿OK?

-Bien tío, salgo hacia allá en el primer avión. A lo mejor soy yo el que te llama, para que oigas cómo tu jodido patrón me suplica antes de que le vuele la cabeza. Nos vemos.

Nick marca un número de Michigan, pronuncia la frase “el pájaro vuelve a la jaula” y guarda el móvil, sintiendo que los veinte mil dólares también han iniciado un viaje, pero hacia su bolsillo. Asimismo piensa que Rosolino, además de un asesino es un tarado, y que lo que parecía un encargo difícil ha resultado un juego de niños. El plan de mierda ha ido como miel sobre hojuelas sin necesidad de que nadie se quedara preñado. Sin embargo, Mahoney todavía desconoce que el próximo vuelo Denver-Detroit de Delta Air Lines sufrirá un accidente fatal del que nadie saldrá con vida


Mahoney y Co. (Segundo capítulo)


2. NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA


Harry Meroni es un tipo duro. Muy duro. Evelyn, la madre, ya lo descubrió durante su gestación: “Este cabroncete me va a reventar las entrañas”. Patadas, puñetazos, codazos, cabezazos, el vientre de Evelyn hubo de soportar durante meses los furibundos ataques de aquel cruel feto. Después del parto obligó a su marido Luis, argentino y profesor de tango en Reno, a hacerse la vasectomía. No estaba dispuesta a volver a sufrir semejante tortura.

Prácticamente todos los compañeros de Meroni en los jardines de infancia y escuelas a los que asistió guardan imperecederos recuerdos del “chico malo”, como se hizo habitual que le llamaran. La mayoría de esos recuerdos son físicos y ninguno de ellos grato, pues el contacto con Harry casi siempre se saldaba con cicatrices más o menos profundas en los cuerpos de sus amigos. Expedientes, traslados, ayudas psicológicas, nada ni nadie consiguió relajar la actitud brutal de ese crío.

En el instituto continuó ocurriendo más de lo mismo. Incesantes peleas que siempre finalizaban con colegas sangrando o con algún hueso roto concluyeron con una expulsión inevitable, con el final de su etapa académica.

Harry Meroni tuvo que buscarse la vida. Se trasladó a Las Vegas donde hizo trabajos miserables a cambio de ridículos estipendios, hasta que un día se topó con Larry Volivar, un latino fuerte y maduro dedicado, según sus propias palabras, “a verificar la superficialidad de las convicciones de pinches gringos webones”. Para ser precisos, este Volivar era un solitario matón de poca monta, virtuoso en el arte del apaleamiento por encargo, que enseguida intuyó las grandes posibilidades que ofrecía su asociación con Meroni. Crearon un equipo denominado Larry & Harry que, para provecho de traumatólogos y ortopedas, en cuestión de meses sembró de lisiados Nevada y los estados colindantes.

Cuando a Volivar le dieron pasaporte en Fresno el día que irrumpieron en la casa de un magnate de las apuestas ilícitas,  Harry se salvó por los pelos y a bordo de un viejo Ford Mustang no paró de conducir hasta llegar a Denver. Allí se cambió el apellido por el de Rosolino, como su trombonista de jazz preferido, y decidió convertirse en un asesino a sueldo.

Su carrera está plagada de éxitos silenciosos que le han reportado una extraordinaria fama secreta. Sus emolumentos, acordes con la fiabilidad de los resultados, alcanzan ya las cinco cifras más gastos por trabajo.

Pero en Chicago no estuvo fino. Unos zoquetes de Detroit le soplaron que tal día a tal hora un irredimible moroso llamado Parker estaría esperando su visita en el Holiday Inn de la Avenida Cumberland. Ni una referencia, ni una puñetera foto, nada. Solo un nombre, una fecha, una hora y una dirección. Cuando acabó el trabajo, mientras salía del hotel, alguien le envió al móvil un retrato del objetivo. Mierda, demasiado tarde, pensó Harry. Por norma no repetía visitas y aquel pringado le había confirmado que era Raymond Parker antes de mudarse al otro barrio. Tampoco debía fiarse de la foto. Joder, estos son tontos del culo, incluso me han pagado por adelantado. Querían un cadáver y ya lo tienen, que les den. Y se encaminó a la estación de autobuses de Chicago para abordar el primer Greyhound con destino Denver.

Harry Rosolino (antes Meroni) ignorará toda su vida que si el encargo se hubiera desarrollado acertadamente, despachando al tipo correcto, habría tardado cinco minutos y cuarenta y dos segundos más en llegar a la central de autobuses y ese inapreciable margen de tiempo le hubiera obligado a esperar al siguiente convoy, impidiendo que pudiera sentarse al lado de una bella mujer llamada Mariana, que se apoderó de su corazón con la misma facilidad con la que un gato atrapa a un ratón.


Mahoney y Co. (Primer capítulo)


1. CORRECTAMENTE, POR ERROR

Mientras era testigo de los ímprobos esfuerzos del personal sanitario por reanimarle, le invadió una inexplicable sensación de paz. Podía observar y escuchar cómo, urgidos por la necesidad, manejaban instrumentos, trasladaban órdenes e intercambiaban opiniones encaminadas a intentar poner de nuevo su corazón en marcha. Estaba entre ellos, pero no podían verle. De repente, una inexplicable energía le arrastró hacia un oscuro túnel a través del cual, ingrávido, comenzó a deslizarse con una vertiginosa rapidez en dirección a una refulgente luz que notaba cada vez más cerca. Llegó al final de la galería y apareció en una brillante sala de dimensiones ilimitadas, donde solo se veía a dos silenciosos tipos, vestidos con trajes y corbatas negros. Parecían estar esperándole, sentados cada uno a un lado de un blanco escritorio. El de mayor edad tenía un aspecto apacible tras su nívea y luenga barba; el otro, mucho más joven, bronceado y con gafas de sol, mostraba una apariencia seria y circunspecta. El barbudo, con amable gesto, le invitó a sentarse al lado del hombre serio, se acomodó en su sillón y extrajo de algún compartimento un abultado dossier, que comenzó a ojear.

-         ¿Es usted Raymond Parker, nacido en Tulsa, Oklahoma y residente en Tavares, Florida?
-         Sí, soy yo. Díganme, ¿dónde estoy?
-         Bueno Raymond, dijo consultando su libreta, según nuestra información usted ha llegado aquí por casualidad. Nos gustaría decirle que se encuentra en el sitio equivocado, pero nos tememos que eso no sería rigurosamente cierto.
-         ¿Puede explicarse mejor? ¿Quiénes son ustedes?
-         Nuestros nombres son lo de menos, Raymond. Estamos aquí para analizar algunos hechos y establecer determinadas conclusiones, sentenció con voz queda el de las gafas de sol.
-         ¿Hechos? ¿Conclusiones? ¿Qué significa todo esto? ¿Estoy muerto, no?
A partir de ese momento, los hombres de negro fueron alternando sus comentarios.
-         Bien, podríamos asegurar que en estos momentos está usted clínicamente muerto, así es.
-         Entonces, supongo que esto es lo que ahí abajo llaman eternidad…
-         Ray, ¿sabe usted cómo ha fallecido?
-         Creo que estaba en la habitación de mi hotel cuando llamaron a la puerta. Abrí y un tipo alto, bien vestido y con una cicatriz en la mejilla preguntó si yo era Raymond Parker. Asentí, sacó un revólver y me disparó a bocajarro. Después de eso ya no recuerdo nada.
-         Efectivamente, esa es la secuencia exacta de los sucesos. Usted estaba alojado en el Holiday Inn de la Avenida Cumberland, en la habitación 204, cuando esta tarde, a las 16:37 horas un asesino a sueldo llamado Harry Rosolino, de Denver, acabó con su vida de un disparo.
-         ¿Bromea? ¿Un asesino a sueldo? ¿Quién iba a querer matarme a mí? Por el amor de Dios, solo soy un técnico de redes y sistemas que vino a Chicago a hacer un curso de especialización…
-         Amigo, en realidad Rosolino no quería matarle a usted. En la habitación 317 del mismo hotel se hospedaba otro Raymond Parker, nacido en Huntsville, Alabama y con última residencia conocida en Detroit, Michigan. Pero se registró con nombre y documentación falsos, lo cual confundió al sicario.
-         ¡Cielos! ¡Eso significa que estoy muerto por una maldita equivocación! Supongo que harán algo por remediarlo, ¿no?
-         Créanos si le decimos que en otras circunstancias lo intentaríamos, solo que tenemos la evidencia de que a usted le mataron correctamente, por error.
-         ¿Qué diantres dice usted? ¡Está claro que se han equivocado, soy una víctima!
-         Cálmese y escúchenos: el otro Raymond Parker es un mafioso de Detroit que recientemente superó un cáncer de hígado. Agradecido por ello, abandonó sus actividades ilegales y fue a Chicago a reunirse con su ex-esposa y sus hijos. Tiene la intención de reemprender junto a ellos una vida decente en algún remoto lugar, pero en el hotel no podía facilitar su verdadera identidad porque sabe que unos antiguos compinches, a los que debe un montón de pasta, quieren su cabeza en una bandeja de plata.
-         ¿Y qué? Eso deja las cosas como estaban, ¿no? Me han disparado por una maldita confusión, han de devolverme a la vida, ahora que aún estamos a tiempo. He visto muchas películas y…
-         Perdone, Ray. Olvídese de las películas. Pura fantasía. Le prometemos que los guionistas de cine no saben cómo es y cómo funciona esto. Aquí tenemos unas reglas y esas reglas se cumplen. Inexorablemente.
-         ¿Y qué regla van ustedes a aplicar? ¿Cómo lo piensan arreglar? Es evidente que ese pistolero, Rosolino, la cagó y le pegó un tiro a quien no debía…
-         Esa es la cuestión, Mr. Parker. Creemos que Rosolino (y no es necesario que insista en que fue un equívoco), le pegó un tiro a quien sí debía.
-         ¿Qué mierda están ustedes diciendo? ¿Quién podría tener algo contra mí?
-         Ray, no está entendiendo nada de nada y además, hay dos cosas que queremos que le queden claras: uno, sabemos siempre cuando alguien miente y dos, conocemos perfectamente todo lo que usted había planeado hacer en Chicago.
-         ¿De veras? ¿Y qué es lo que había planeado?
-         Usted vino con el pretexto de asistir a un Curso Avanzado de Seguridad de Redes, pero su principal objetivo, y por eso trajo una vieja Beretta que consiguió en el mercado negro, era liquidar a su padre, Edward Parker, que vive en la ciudad, para recibir su herencia. Es usted un ludópata empedernido y está completamente arruinado.
-         ….
-         Ray, su silencio resulta muy explícito. Creemos que ha entendido perfectamente que tenemos poderosas razones para no devolverle a su cuerpo. La chapuza de Rosolino equivocándose de hombre fue a la postre una bendición, pues evitó que la víctima (o sea, usted) pudiese acabar con otra vida. Mientras, su tocayo Raymond Parker, el superviviente, tendrá la oportunidad de rehacer su existencia con las personas que lo quieren. Ahora suponemos que comprenderá por qué sostenemos que usted  murió correctamente, por error.
-         ….
-         Esta tarde la justicia se vistió de azar, Ray. Lo sentimos, pero tendrá que quedarse aquí con nosotros, dijo el hombre mayor dando carpetazo.