Me
dejé estafar. En el anuncio decían que con aquellas gafas tan baratas vería con
claridad el interior de la gente, pero era una burda mentira. No solo la seguía
viendo vestida, sino que detectaba (a través del veloz aunque perceptible
movimiento de sus neuronas) cuál era su pensamiento. Como el de aquel policía
municipal, que al lado de la puerta de su propia casa multaba un coche bien
aparcado, solo porque era propiedad del amante de su mujer, a la que se estaría
beneficiando en aquel preciso momento. Como el de la camarera del bar, maldiciendo
al cliente que solo había dejado unos céntimos de propina cuando su sueldo no alcanzaba
para alimentar a su numerosa prole. Como el del ejecutivo del maletín, que
caminaba acobardado por la abultada suma de dinero contante y sonante que
transportaba. Como el de la rubia del escote que me crucé mirándome de soslayo,
tachándome de viejo sátiro. Como el de mi imagen en el espejo, que repite una y
otra vez «Eres un fracasado de mierda»
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