Claro,
alguno de ustedes se preguntará: «¿A qué santo me vacila una caja de cartón?». Bueno, eso si ha conseguido reponerse del
susto que le habrá producido que un ser como yo le dirija la palabra…
Pero
es que estoy hasta los mismísimos de que el primero que me vea piense: «Mira qué
bien, justo lo que yo necesitaba para guardar unos trastos o para enviar a mi
primo Paco tal o cual gilipollez». Y lo peor no es que lo piense, es que lo
haga. Y nos llenen de porquería las entrañas y después nos lleven de Herodes a
Pilatos o nos almacenen en un polvoriento desván.
Porque,
a ver si se enteran de una vez: que NO somos cajas, que hemos venido aquí a
conquistar su universo, señores. Y que aunque tengamos este aspecto,
superficialmente inofensivo, les garantizo que somos mortíferos; que poseemos y
utilizamos armas de destrucción masiva; que vamos a acabar con todos ustedes,
los humanos, en cuanto recibamos las oportunas órdenes de nuestro Presidente
galáctico en funciones (sí, ustedes no son los únicos, qué le vamos a hacer).
Y
es que ni por asomo se imaginan el enorme daño que las películas de alienígenas
nos han hecho a algunas civilizaciones extraterrestres. Aunque, pensándolo
bien, a lo mejor les han hecho más daño a ustedes, eso el tiempo lo dirá.
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