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viernes, 7 de marzo de 2014

En el mar



El viejo Eustaquio murió, como tantos otros miles y millones de personas, sin haber visto nunca el mar. Sin haber sentido el aroma salitre de la costa, sin haber bañado sus pies en la espuma que las olas traen a la orilla, sin haber podido admirar la majestuosidad de un paisaje dominado por el horizonte inalcanzable.

El viejo Eustaquio murió sin conocer el mar; tal vez por eso no debería parecer contradictorio que su última voluntad fuera, precisamente, que esparciesen en él sus cenizas.


El filósofo del spray-4



Nunca pensé que fuera posible viajar al futuro hasta el día en el que visité una residencia de ancianos.


lunes, 24 de febrero de 2014

Conciencias



Hay gente a la que le asustan
los fantasmas, las tormentas,
los perros, los dentistas,
la oscuridad, las ratas,
los aviones, Hacienda,
la sangre, los extraterrestres,
las serpientes, la muerte
o simplemente su suegra.
Yo, por el momento,
solo temo a mi conciencia
porque como una sombra
permanece siempre ahí,
silenciosa, vigilante.
Se acomoda junto a mí
como un loro en el hombro del pirata
o revolotea alrededor
como una cansina mosca cojonera.
No me quita el ojo de encima.
Examina, juzga, dictamina
sin posibilidad de que me defienda
ni alegue atenuantes.
Puedo sentirla, incluso olerla.
Por mucho que intente despistarla
solo desaparece unos segundos;
vuelve enseguida, sigue al acecho,
no me la quito de encima
ni con agua hirviendo.
Por eso no puedo entender
a todos esos politicastros,
ladrones de dinero,
de vidas y de esperanzas.
No comprendo cómo pueden
dormir plácidamente
mientras se dedican a destruir
los sueños del pueblo.
¿Acaso vendieron sus conciencias?
¿Acaso las asesinaron?
Apuesto que, para dar ejemplo,
dado que más que útiles
eran un jodido incordio
pues replicaban y no eran rentables,
decidieron despedirlas
sin indemnización, ni subsidio,
ni referencias, ni puñetas.
Despedidas y a la calle,
que se busquen la vida
o que se mueran.
Pero esos inconscientes
son tan atrevidos,
y a la vez tan ignorantes,
que no cuentan
con que las conciencias
ni se crean ni se destruyen,
solo se transforman.
Y llegará el día,
más pronto que tarde,
en el que abran el armario
y sus propios Dorian Grays
acabarán con ellos,
y mostrarán al mundo
los depravados rostros
de unos canallas inhumanos.


viernes, 21 de febrero de 2014

La fórmula



Las extrañas y repentinas muertes de Louis Morand y Pierre Duvivier me abrieron los ojos. Pronto saqué dos conclusiones. Una, en el INIM teníamos un topo y dos, si no movía ficha rápidamente el mío sería el próximo cadáver.

-¿Fórmula? ¿Y para qué habríamos de querer nosotros una maldita fórmula?

Aquellos tipos, además de peligrosos eran duros de mollera. Un viejo colega del colegio, Jean-Luc Leclerc, me puso en contacto con ellos. Asistir a una escuela pública tiene sus ventajas y sus inconvenientes. En este caso, la ventaja de haber conocido a Leclerc, un ser marginal que vivía hacía años practicando funambulismo sobre el delgado filo de la ley.

Cuando el ascensor de Louis Morand, director del Instituto Nacional de Investigaciones Médicas, se precipitó al vacío desde la decimoséptima planta del edificio donde vivía, todos lamentamos ese desgraciado accidente. Pero cuando a las pocas semanas el subdirector Duvivier empotró el vehículo que conducía con un camión-tráiler que de forma inexplicable invadió su carril, los compañeros del Instituto comenzaron a sospechar de la caprichosa naturaleza del azar. Yo fui el único que no dudé, que lo tuvo claro.

Como adjunto a la dirección y única persona viva con acceso a todos los archivos y expedientes del centro, era lógico que temiese por mi supervivencia y la de mis familiares. Contacté entonces con Jean-Luc a través de un amigo y ex-compañero común, un músico llamado René. Lo bueno de los individuos como Leclerc es que les invitas a dos buenos tragos, les financias un revolcón de calidad y olvidan preguntarte para qué narices necesitas unos sicarios. Así es que no puso reparos en facilitarme el teléfono de un tal Gaetano Perinetti, un napolitano instalado en Marsella que, según sus informaciones, contaba con un equipo de élite que resolvía trabajos complicados con una rapidez y pulcritud exquisitas.

-Quiero ver muertos al ministro de Sanidad y a los Presidentes de las dos compañías farmacéuticas más importantes de Europa y mi deseo es que todo ello ocurra antes de una semana, el mismo día y si es posible a la misma hora –dije a Gaetano en la reunión que mantuvimos en Génova y a la que acudieron también dos miembros de su staff.

-Eso le va a salir muy caro, ¿lo entiende, verdad?

-Lo entiendo, por supuesto que lo entiendo. Y también espero que ustedes entiendan que aunque no tengo un euro, dispongo de una fórmula valiosa, muy valiosa.

-¿Fórmula? ¿Y para qué habríamos de querer nosotros una maldita fórmula?  –replicó Perinetti con su peculiar acento del suroeste italiano.

-Se lo explicaré. Dos de los tres hombres con acceso a esa fórmula ya han sido asesinados por cuestiones pecuniarias. Yo soy el tercero. Digamos que a las grandes farmacéuticas no les interesa que se desarrolle ningún medicamento que ponga en riesgo sus sucios negocios. Y el ministro no deja de ser sino un títere de esas corporaciones, un cómplice indecente pero necesario. Solo eliminando a los tres enviaremos un mensaje claro al resto de posibles implicados y tendremos la oportunidad de lanzar un producto que salvará millones de vidas.

-Pero… ¿Cómo se come eso, si nos entrega la fórmula a nosotros?

-Morand, Duvivier y yo mismo sabíamos que nuestro descubrimiento contrariaría los intereses económicos de cierta gentuza. Por eso buscamos discretamente a alguien atraído por la idea de pasar a la historia como un héroe. Es un multimillonario árabe propietario, entre otras muchas, de una empresa química ubicada en una apartada región. Íbamos a donarle la fórmula, pero llegados a este punto prefiero que ustedes hagan su trabajo y se cobren vendiéndosela por una pasta gansa. Él no desea participar en estas negociaciones, quiere quedar al margen de las mismas.

-¿Así de sencillo?

-Afirmativo. He hablado con él y hemos convenido que la compensación será muy sustanciosa. El mismo día que cumplan su parte del trato recibirán por mensajería urgente un abultado dossier en la dirección que ustedes me indiquen. Al cabo de un par de días el propio comprador o uno de sus representantes le telefonearán para ultimar los detalles del intercambio.

-¿Y quién le dice que no fuimos nosotros los que despachamos a Morand y Duvivier? ¿Quién puede asegurarle que no son usted y el árabe nuestros próximos objetivos?

Esas preguntas casi consiguieron helar mi sangre. La posibilidad existía, pero una inevitable deformación profesional me indujo a pensar que la probabilidad era despreciable.

-En ese caso, les imploro solo una pizca de humanidad para romper sus compromisos y colaborar con nosotros. Les repito que la vida de una buena parte de la población mundial está en juego. Con este nuevo fármaco, muchos de sus familiares y amigos no habrían muerto: es ni más ni menos que el remedio contra el cáncer.

Gaetano Perinetti esbozó una lacónica sonrisa, bajó la vista y asintió en silencio.


miércoles, 19 de febrero de 2014

El filósofo del spray


Mi sencillo homenaje a José Luis y María Fernanda, artífices de un sueño llamado BiblioCafé en Valencia. Un bello sueño que ha durado solo cuatro años, pero que ha dejado un importante legado: el colectivo de autores "Generación Bibliocafé", que esperamos seguir produciendo historias y perpetuando su origen.


La noche había sido horrible. Mónica, mi esposa, instalada en el baño por obra y gracia del virus de moda, no consiguió relajar las tripas hasta que expulsó su primer biberón y Laura, la pequeña, requería mi permanente compañía debido a unas inoportunas pesadillas. Para acabarlo de arreglar, el gato, sensible a tales eventualidades, no cesaba de maullar y merodeaba arriba y abajo, impidiéndome también conciliar el sueño.

A primera hora de la mañana bajé medio zombi a la calle. Después de desayunarme el coche grafiteado, negro sobre blanco, con la leyenda “LA VIDA ES INJUSTA” y acordarme de la santa madre del ocurrente filósofo del espray, salí al trabajo disparado. Tan disparado, que no conseguí frenar a tiempo en un semáforo e hice añicos los cuartos traseros de un utilitario.

Tras cumplimentar con la víctima los inevitables papeles para el seguro y mientras seguía conduciendo, en la radio anunciaban la enésima subida de la factura eléctrica, el establecimiento de nuevos impuestos y más recortes en sanidad y educación. Para compensar, el gobierno aseguraba que, gracias a Dios, la economía se estaba recuperando.

Llegué casi con una hora de retraso a la oficina. Pérez, el jefe de personal más canalla que uno pueda imaginar, me recibió en su despacho para comunicarme con su detestable retórica que el ERE presentado por la compañía había sido resuelto favorablemente, por lo que a finales de mes causaría baja en la empresa. Me pareció muy chocante recibir el pasaporte justo cuando los sursuncordas patrios predicaban la aparición de la luz al final del túnel. Imagino que ellos y el resto de la sociedad transitamos por diferentes subterráneos.

Me correspondían varios días de vacaciones y, como después de dejarme los cuernos allí durante más de dieciocho años no entraba en mis planes regalar a esos desagradecidos ni una centésima de segundo del resto de mi existencia, reuní mis trastos en una caja de cartón y me despedí con rapidez de los pocos compañeros que de verdad merecían dicho apelativo.

Estaba nervioso cuando me puse de nuevo al volante. Decidí que la mejor forma de relajarme sería almorzar en un chiringuito frente al Mediterráneo. Para ser invierno, el día pintaba soleado y una suave brisa soplaba de poniente. Perfecto para instalarse con una birra y un bocata de calamares ante la arena de la Malvarrosa viendo pasar los yates y veleros de toda esa gente, libre de crisis y preocupaciones, a la que no le importa un comino los problemas de los demás.

Estacioné en un aparcamiento de la zona azul completamente desierto, evitando darle propina al gorrilla cuya ayuda ni solicité ni necesité, y me encaminé al kiosko más próximo. Tras el carajillo, después de declinar el establecimiento de relaciones comerciales con tres amables vendedores africanos, me quedé traspuesto y solo al cabo de una hora, la sirena de una ambulancia que circulaba por allí consiguió reanimarme.

Volví al coche y esta vez los chascos fueron dos. Uno, la multa del “agente de la ORA”, una denominación que podría utilizarse en un serial de espías, siempre y cuando al protagonista no lo disfrazaran como a nuestros paisanos. Otro, un neumático rajado, delito cuya autoría enseguida atribuí al gorrilla insatisfecho –y por cierto desaparecido- aunque, a fuer de ser sincero, no disponía de pruebas fehacientes para incriminarle.

Sustituí la rueda y luego fui a un taller a comprar otra. Superada ya la hora de la comida, pensé que sería una excelente idea sorprender a las niñas a la salida del colegio y merendar con ellas algo de la basura americana que les chifla. Ya relataría a Mónica las malas noticias en casa, más tarde. Iba hacia la escuela cuando tuve que parar para atender una llamada en el móvil. Era mi hermano Carlos; acababan de ingresar a nuestro padre de urgencia en el hospital, había sufrido una apoplejía.

Doblé en la primera esquina y puse rumbo al Clínico. Cuando llegué, mi madre se lanzó sobre mí, abrazándome. “Está muy grave”, dijo entre sollozos. “Tranquila mamá, saldrá de ésta, como siempre. Es fuerte”, fue lo primero que se me ocurrió contestar. Al cabo de más de dos horas acudió un médico para informarnos que lo tenían en la Unidad de Cuidados Intensivos. “Ahora está estable, vamos a vigilar su evolución. Váyanse a casa, aquí no pueden hacer nada. Si ocurriese algo les avisaríamos de inmediato. Pueden volver mañana a mediodía, les permitiremos verlo durante quince minutos.”

Entré en mi domicilio a la hora de cenar y antes de que pudiera destapar la boca para empezar a contar las terribles experiencias que ese día me había deparado, Mónica lo soltó de sopetón, sin anestesia: “Hola, cariño. ¿Sabes que me han dicho que cierran la librería del barrio?”

Fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia, de mi estabilidad emocional, de esa flema personal que bajo ninguna circunstancia debe confundirse con el nauseabundo “meninfotisme”(1) que suele adornarnos. Me acerqué apresurado al armario de las herramientas y en uno de sus estantes encontré dos espráis de pintura negra que alguna vez, por olvidados motivos, había comprado en la tienda de los chinos. Reposaban, pacientes, aguardando su momento de gloria. Esa noche me hinché a rotular vehículos en la Avenida de Aragón con la incontestable sentencia de mi querido colega: “LA VIDA ES INJUSTA”.





(1) Meninfotisme: en lenguaje valenciano, actitud consistente en mostrar indiferencia y desinterés por todo, incluso por cosas que habrían de preocupar o interesar . Es una característica atribuida a buena parte del pueblo valenciano.


jueves, 6 de febrero de 2014

La indescriptible ilusión



Te levantas cada noche a la hora aproximada en la que tus jóvenes vecinos acaban de pegar el segundo polvo. A veces ni siquiera has podido dormir, porque la algarabía de los adolescentes que participan en las mangas preliminares del botellón no lo ha permitido. Mojas tu cara con agua fría, te clavas el uniforme y enfrentas la helada madrugada con la indescriptible ilusión que proporciona ese trabajo de mierda, gracias al cual obtienes un sueldo miserable que consigue hacer mucho más ricos a tu patrón y a los dueños de Mercadona (siempre fuiste un patriota). Ese empleo, por llamarlo algo, consistente en pasar la máquina barredora y joder los sueños de quienes aún se los pueden permitir. Porque, reconócelo, en el fondo disfrutas cuando armas barullo con ese maldito vehículo eléctrico, aspirando la basura y los excrementos de las mascotas de los pijos mientras éstos se revuelven en sus lechos, acordándose de todos tus muertos a las seis de la mañana. A falta de otros incentivos, te recreas en los barrios residenciales; pasas sin prisa dando caña a los motores, succionando a todo meter para dejar esas vías como una esplendorosa patena. En tu pecho llevas prestado el escudo del Ayuntamiento, un emblema que suele otorgar algún privilegio insignificante. Además, no eres tú el que dispone los horarios, necesitarías estar loco o ser un redomado masoquista para imponerte semejante sacrificio. Hasta que un buen día, al doblar una esquina, un desconocido te agarra del cuello, te extrae de la cabina y empieza a patear violentamente tu hígado en tanto la máquina sigue avanzando con lentitud por la desierta acera. Intentas reincorporarte, pero el agresor vuelve a lanzarte al suelo y esta vez te pisa la cara y te rompe el radio. El robot limpiador prosigue su marcha y acaba colisionando contra un coche por allí estacionado. Al día siguiente, con un ojo amoratado y el brazo en cabestrillo, los jefes te obsequian con un lindo finiquito, al tiempo que exigen que les des las gracias por no descontarte los costosos destrozos causados. Tomas el dinero, te despides con resignación y entras en el primer Mercadona a comprar unas cervezas: Turia, por supuesto. Porque siempre fuiste un patriota.


jueves, 30 de enero de 2014

El filósofo del spray-3



Es posible que sea espantosamente torpe interpretando imágenes. A lo mejor me traiciona mi espíritu literario. El caso es que, en lugar de asaltarme la idea de violencia callejera o vandalismo extremo, un contenedor en llamas siempre me ha parecido la metáfora visible de un mensaje que el pueblo ha enviado a los gobernantes y estos han ignorado con su altanera desfachatez.





domingo, 26 de enero de 2014

El filósofo del spray-2



Una mentira, repetida mil millones de veces, por mil millones de personas, nunca dejará de ser una mentira.

A lo sumo será una podrida mentira.


miércoles, 22 de enero de 2014

El filósofo del spray-1



Se retocó el alma con el SoulShop, pero no consiguió engañar a nadie.

Tenía la maldad a prueba de camuflaje.


sábado, 18 de enero de 2014

Puro invento



Cuando hizo el bien, solo le llovieron desgracias. Una tras otra, a cual más espantosa.

Cuando decidió ser malvado, violando sus antiguos principios, alcanzó la notoriedad, la riqueza y algo muy parecido a la felicidad.

El karma no existe. Os lo aseguro. Puro invento, una condenada mentira.


martes, 7 de enero de 2014

Un gato blanco




Una de mis hijas
 trajo a casa estas Navidades
 un gato blanco abandonado.
Aún ignoramos si es macho o hembra,
pero sabemos que está sordo.
La ventaja es que no necesita nombre.
El inconveniente, que no puedes llamarlo.
Un gato blanco y sordo
sirve para bien poca cosa
 excepto para amarlo
como al resto del mundo.
Bueno, creo que exagero.
Como al resto del mundo
menos a toda esa gente
que habla de defender la vida
invocando la pena de muerte,
cerrando hospitales,
y encareciendo los medicamentos.
A esa gente que habla de transparencia
detrás de una tv de plasma
e insulta nuestra inteligencia
soltando una sarta de embustes
ni simulados ni diferidos.
A esa gente que habla de progreso
mientras se llena los bolsillos,
saqueando a los ciudadanos,
congelando los sueldos más miserables.
A esa gente que habla de libertad
amordazando al pueblo
y tratándolo a garrotazos.
A esa gente adicta a las procesiones,
a los rosarios y al incienso,
que recita los mandamientos
para luego no cumplir ninguno.
A esa gente que habla de paz
lanzando misiles,
que habla de ecologismo
contaminando ríos y mares,
talando bosques y aniquilando especies.
A esa gente que abandona mascotas.
Un gato blanco y sordo
sirve de bien poca cosa
excepto para amarlo
y discernir por quiénes no lo cambiaríamos
ni hartos de vino, ni locos,
ni por todo el oro de este mundo.


viernes, 3 de enero de 2014

Benditos yanquis



Si yo no fuera yo, pongamos por caso que fuese un yanqui, ondearía una enorme bandera en la fachada de mi casa; cantaría God Bless America con la mano derecha sobre el corazón, mientras odiaba a muerte a todos aquellos que no comparten mi patriotismo.

Los fines de semana, después de desayunar cereales o tortitas acompañados de beicon y huevos fritos, pasaría el cortacésped y jugaría al béisbol con mis hijos. Tendría una o varias armas de fuego por si las moscas, por si los ilegales, por si los terroristas y por si los extraterrestres, sencillamente porque me daba la gana y lo permite nuestra sagrada Constitución.

En Halloween compraría libras y libras de chucherías para los niños y me disfrazaría de zombi aunque luego mucha gente no notase la diferencia.

Si yo fuera otro y siguiera siendo yanqui, no me perdería nunca la entrega de los Oscar, ni las finales mundiales. Me casaría con la chica del baile del instituto (que era animadora del equipo de basket) delante de un fantoche ataviado como Elvis. En San Valentín compraría una camisa repleta de palmeras y me iría a Hawái, donde unas muchachas bellas y exóticas nos recibirían con un Aloha, unos collares de flores blancas y unos daiquiris.

Por precaución, por pura seguridad, nunca me fiaría ni un pelo de mis conciudadanos, sobre todos de aquellos que para su desgracia tienen la piel oscura. Tendría colgada en el salón una fotografía de JFK, pero continuaría votando indefectiblemente a los republicanos.

Si viviese como un verdadero yanqui me hincharía de cerveza y me atiborraría de hamburguesas y patatas fritas, comería pavo relleno en Acción de Gracias y en verano montaría barbacoas y karaokes en el jardín para los amigos. Tendría un sobrepeso demoledor, a pesar de mascar sin descanso chicles sugarless.

Aborrecería a los rusos, a los chinos pero sobre todo a los cubanos, los iraníes y los coreanos. Conduciría un coche fabricado en Detroit debajo de un sombrero tejano o una gorra bordada con las iniciales NYC. Viajaría con la familia a Disneyworld para hacerme una foto con Mickey Mouse y el Pato Donald.

Como buen yanqui, acudiría todos los domingos a la iglesia, cantaría unos salmos desafinados, me desgañitaría a Aleluyas, entregaría una generosa limosna y al salir me despediría efusivamente del pastor en el porche parroquial. Luego aplaudiría a rabiar las intervenciones militares de los marines en países que desconocía que existían y estaban en este planeta, porque si mi Presidente envía allí las tropas es por el bien del universo en general pero de los United States of America en particular.

Aunque fueran unos deficientes rematados, enviaría a mis hijos a estudiar a Yale o a Harvard. En invierno patinaría sobre hielo, iluminaría el exterior de mi casa con diez mil bombillas para envidia del vecino y al lado de la chimenea plantaría un abeto espectacular, a cuyo pie Santa Claus depositaría sus valiosos regalos.

Si yo fuera un yanqui orgulloso de ser yanqui, no abriría un libro en mi puñetera vida, pero devoraría la televisión en pijama, me tragaría toda esa basura y luego culparía a los franceses, a los musulmanes y a los comunistas de cuanto malo y negativo ocurre en este mundo.

En el supuesto caso de que yo fuese yanqui, cualquier sujeto con mala baba que no fuera yanqui y quisiera garabatear cuatro bobadas, podría argumentar que soy un paleto y un ignorante, incluso que mi gobierno y la CIA manipulan nuestras mentes. Pero resulta que, como no soy yanqui, me resbala todo lo que quizás alguien pueda -alguna vez- escribir torpe y malintencionadamente sobre nuestros queridos aliados, los benditos yanquis.


jueves, 2 de enero de 2014

Guarden el secreto (Engracia's dreams)




En el hotel nadie lo sabe, por lo menos eso creo. Porque si se enteran los jefes, me cae una gorda, muy gorda, gordísima. Y después me ponen de patitas en la calle, seguro. Pero, aparte de a la Reme, necesito contárselo a alguien más, razón por la cual con su permiso voy a relatarles la extraordinaria aventura que estoy viviendo desde hace unas semanas.

En primer lugar, me presentaré: tengo cincuenta y seis años y digamos que me llamo Engracia. Para ser sincera ése no es mi verdadero nombre, es el de una tía mía del pueblo ya que, como pronto comprenderán, por prudencia no es sensato que ofrezca datos personales que faciliten mi identificación. La cuestión es que desde hace seis años soy empleada de la limpieza en el Hotel Marysol de Vigo (por favor, síganme ustedes la corriente, claro que ni el establecimiento se llama así ni está en Galicia). Hace casi un mes el arrendador del piso que tenía alquilado, por cierto un piso precioso, con mucha luz, bien situado y económico, me echó de la vivienda. Por lo visto había encontrado otro inquilino dispuesto a pagar una renta muy superior a la mía. El hijo de Satanás –perdonen ustedes la fea expresión-, acogiéndose a una cláusula del contrato, una de esas que hay que leer con lupa de muchos aumentos y luego resulta que puede tener seiscientas interpretaciones distintas, me obligó a desalojar en el plazo de tres días. Menudo disgusto, con lo bien que estaba en ese pisito y las amigas y vecinas tan simpáticas y amables que tenía: la Colasa, la Pura, la Robustiana... Como buenamente pude recogí las cosas y las guardé en el almacén de un primo de mi difunto esposo, a la espera de encontrar otro alojamiento digno y asequible acorde con mis escuetos ingresos.

Entre tanto debía buscar una pensión para ir tirando, aunque la primera noche me dije ¿y con todas las habitaciones libres que hay en el hotel vas a pagar por dormir en un cuchitril asqueroso? Ni corta ni perezosa, me metí en un cuarto vacío de la tercera planta. Pensé que no hacía mal a nadie y encima después lo iba a dejar como los chorros del oro. Fue entonces cuando empezó toda esta historia. Yo, que nunca he salido de mi provincia, que ni siquiera he ido a Benidorm con la ilusión que me hace, esa noche soñé que conducía un BMW a toda velocidad por una autopista de Austria o de Alemania, no sé, en los carteles todas las poblaciones tenían nombres terminados en –burg, –berg, -tadt, -brück o cosas por el estilo. En el sueño yo era un hombre y además con bigote, con lo poco que a mí me gustan los bigotes y las barbas. Paraba a tomar una cerveza y unas salchichas en un bar de la carretera y entendía y hablaba el alemán a la perfección. Luego de atravesar la Selva Negra o como se diga visitaba una fábrica de algo y me entrevistaba con un joven muy finolis y emperifollado que se llamaba Helmut y me hacía un pedido de mil toneladas de no sé qué producto químico, un encargo que en un plis-plas me reportaba una ganancia de un millón de euros, lo cual me puso muy contento. Fue un sueño entretenido, el tentempié del bar estaba bien y nunca había conducido un BMW, bueno ni un BMW ni nada, porque no tengo carnet de conducir. Además, el chico ese finolis después de enseñarme la fábrica me invitó a una copa de champán y unas chocolatinas, qué detalle; para mis cortas entendederas que era un poquito gay y pretendía flirtear conmigo, porque en su despacho solo se escuchaba música romántica italiana y en un momento dado creo que me hizo morritos y hasta me guiñó un ojo. Pero de ahí no pasó la cosa, ¿eh? No vayan ustedes a formarse una opinión equivocada, que una será pobre, pero no es ningún pendón verbenero.

Por la mañana, haciéndome la tonta, le sonsaqué a Matías el recepcionista (que sí, que no se llama Matías) la identidad del último huésped de la 307. Era un hombre de negocios granadino que estaba de paso en un viaje a Alemania. Me enseñó su foto y me quedé patidifusa: era el mismo rostro que había visto en el retrovisor del coche aquella noche. Acababa de soñar lo que le había pasado o iba a pasar a ese fulano en los días siguientes a su pernoctación en nuestro hotel.

Discurrí luego que al fin y al cabo todo había sido un sueño, que mi subconsciente debió grabar su cara y algunas frases pronunciadas hacia su teléfono al cruzármelo en algún pasillo, en el hall o incluso en el aparcamiento. La Robustiana me confesó una vez que  a menudo soñaba cosas que luego iban y le ocurrían, no obstante siempre he pensado que la Robustiana es un poco bruja, buena persona sí, muy buena, pero un poco bruja y además, las cosas le ocurren a ella, no a otras personas a las que no tiene el gusto de haber sido presentada.

La noche siguiente dormí en la habitación 504. Volví a soñar. Esta vez  tenía unos treinta años menos, era rubia y vestía de marca. Tenía un tipito encantador, nada de los setenta y dos fofos kilos que arrastro día sí y día también detrás del carrito de la limpieza. Además, iba acompañada de un galán. Sí, táchenme de anticuada, pero esa es la palabra: galán. Un joven hombretón, alto, con los ojos azules, elegante, que estaba de toma pan y moja. Era por la tarde y asistíamos en un local muy chic a la entrega de unos importantes premios literarios. Yo, que decían que era una prometedora escritora, lo cual en ese mundillo creo que equivale a decir que eres ocho ceros a la izquierda, había sido nominada al galardón de poesía. Era la primera oportunidad de salir en prensa, de ver mi nombre en los envidiables titulares de las secciones culturales. Tenía los nervios a flor de piel, estaba como un flan, quería morderme las uñas y comerme los dedos pero me tuve que reprimir dada la seriedad del certamen, lleno de críticos y fotógrafos. Finalmente no conseguí nada, ni un miserable diploma o una de esas menciones honoríficas que en ocasiones otorgan a los perdedores. Aquello me entristeció mucho, sentí que el mundo se derrumbaba, que todos mis esfuerzos habían sido en vano. Cuando salíamos del evento, mi guapo acompañante me susurró dulcemente: “Querida, tú siempre serás mi campeona. Esta noche te ofreceré un premio muy especial, un premio que mereces y solo yo puedo darte. Olvidarás enseguida toda esta sucia patraña. Estoy convencido de que mañana escribirás los versos más bellos de la historia.” Hubiera deseado vivir la entrega de aquel apasionante premio, pero justo en el momento más inoportuno sonó la alarma de mi reloj Kasio y me desperté.

Ni que decir tiene que intenté y pude averiguar que la anterior huésped de la 504 respondía plenamente a los rasgos del personaje soñado. Cuando me enteré, entendí que o el hotel o yo estábamos encantados.

Sin embargo, todo lo ocurrido lejos de asustarme me estimuló. Así es que decidí seguir durmiendo en habitaciones libres cada noche. Me di cuenta de que disfrutaba viviendo y sintiendo como otras personas que no tienen que cargar a diario con la fregona y el aspirador, que no están condenadas a limpiar retretes ni cambiar toallas o sustituir rollos de papel higiénico, que pueden llevar existencias felices o desgraciadas, pero siempre distintas a la aburrida rutina de una mini-mundi como yo. Cuando me alojé en la 409 piloté un moderno aeroplano y aterricé en la Costa Azul; transportaba a unos pasajeros muy adinerados que me dieron una excelente propina. Cuando lo hice en la 110, descubrí que mi marido me la pegaba con otra y le lanzaba una botella, partiéndole el cráneo y provocando mi detención por la policía, fue muy divertido. Cuando me atreví a dormir en una suite, en la 701, si bien reconozco que recibí unos duros golpes, pude experimentar el placer que se siente cuando noqueas a un negro irlandés de ciento veinte kilos en el tercer asalto, con un crochet de izquierda. Y así noche tras noche, de habitación en habitación.

Esto que me ocurre y ahora ya conocen, antes solo se lo había contado a la Reme, que es mi mejor amiga; ella me aconseja que lleve mucho tiento y dice también que parece que esté drogada con todo este maltraer, como lo llama la boba. Yo creo que en realidad tiene celos, pues a la infeliz la abandonó el cabrito del Fulgencio hace dos años, dejándola con lo puesto y poco más. Como se ha propuesto vivir y morir siendo una amargada, pretende que las demás nos solidaricemos con su causa. Pero yo no estoy dispuesta, yo voy a seguir a lo mío, a ser una secundaria de día y una estrella de noche. Ojalá que no se enteren en el hotel porque entonces sí, entonces se acabó la fiesta. Por favor, guarden el secreto.


miércoles, 1 de enero de 2014

Lo impredecible





El soplón era fiable, la noche su aliada. Billy había estado vigilando desde su coche y durante más de una hora aquella ventana del quinto piso en un destartalado bloque de apartamentos de Harlem, donde un par de desgraciados mantenían secuestrada a Bambi Carrington, la hija de Ronald Carrington, más conocido como “The Golden Banker”. El detective fue contratado para evitar la intervención policial que habría contravenido las órdenes de los raptores pero, esencialmente, para soslayar la entrega de los cinco kilos de rescate exigidos; porque aunque Ronnie era multimillonario, era más rácano y miserable que la madre que lo parió, por eso se agenció un sabueso tan barato.

Billy no tenía ningún plan, cada vez que en el pasado proyectó alguno palmaban uno o varios de sus compañeros. Ahora prefería trabajar solo y por intuición. Bajo su anorak, la única protección de un chaleco antibalas de segunda mano, ya que de lo único que estaba seguro al ciento por ciento era de que aquello acabaría con una ensalada de tiros. Comprobó que las  Magnum-44 estaban bien cargadas, quitó los seguros e introdujo una en la pistolera y otra en su cintura. Tras cerciorarse de que no había vigilancia en el cutre y mal iluminado hall del edificio, traspasó el umbral y comenzó a subir silenciosamente las escaleras. El ritmo cardíaco se aceleró de forma exponencial con cada pisada.

De repente, Abraham, el viejo sordo del segundo izquierda, puso en marcha a toda castaña la televisión y la famosa cocainómana reciclada en vendedora de best-sellers berreó a pleno pulmón con su carajillera voz: “¡YO POR MI HIJA MA-TO, MA-TO!, ¿COMPRENDES?”

Después de eso mi inspiración se fue a la mierda y esta hoja de papel a la puñetera basura. Aunque la he rescatado añadiendo estas últimas líneas para denunciar las desagradables consecuencias que sobre vuestros vecinos puede tener conectar la tele-detritus cuando has renunciado al uso de un audífono.

Mañana me compro una Magnum. Fijo.


lunes, 30 de diciembre de 2013

Ya estaba muerto



No me quedó otro remedio. De todas formas él ya estaba muerto, nadie volverá a llorarle.

Cuando llegó, lo hizo de madrugada, con una grave hipotermia y vencido por el cansancio. Usando la intuición y los pocos medios a mi alcance, lo cuidé durante días. Con cariño y entusiasmo, como una madre habría cuidado a su recién nacido. Solo gracias a mis esfuerzos fue posible su recuperación.

Después de aquello se mostró amable y colaborador, me ayudó a ordenar nuestra vida en el recóndito rincón del universo en el que yo ya estaba subsistiendo dos largos años. Dividimos las tareas, nos entendíamos bien. Pero a medida que fueron transcurriendo las semanas se fue volviendo hostil, convencido de que su superioridad física e intelectual le otorgaba  derechos definitivos sobre mi persona. Y aunque nunca lo admitió, sentí que pensaba que podía tratarme como a un esclavo, ordenándome lo que debía o no hacer, estableciendo turnos, horarios y raciones siempre en su beneficio.

Harto de sufrir vejaciones, le machaqué el cráneo mientras dormía. No me arrepiento de ello, pues me debía su vida y además, como he dicho, ya estaba muerto.

Hay islas, como ésta, demasiado pequeñas para albergar a dos náufragos.